domingo, 9 de octubre de 2016

SYMPATHY FOR THE CREATURE 2: M




Título original: M - Eine Stadt sucht einen Mörder

Director: Fritz Lang

Guion: Fritz Lang, Thea von Harbou, Paul Falkenberg, Adolf Jansen

Elenco: Peter Lorre, Gustaf Gründgens, Otto Wernicke

Cinematógrafo: Fritz Arno Wagner

País: Alemania

Año: 1931

Tópicos: Asesinos en serie, art-house, terror psicológico


En la primera edición de Sympathy for the Creature conversamos sobre dos películas seminales de asesinos en serie (El Silencio de los Inocentes y Maniac), pero la antecesora de ese terror psicológico –y la primera del subgénero- es la ópera prima de su director, la película que catapultó al húngaro Laszlo Lowenstein, mejor conocido como Peter Lorre, a la fama mundial.

Alguien está depredando a Berlín. No a las mujeres o los ancianos, sino las criaturas más vulnerables de nuestra sociedad: Los niños. Cuando el asesino envía una provocadora carta a las autoridades prometiendo más muertes, toda la ciudad se descalabra persiguiendo a quien, asumen, luce como un monstruo, pero en realidad podría ser cualquiera.

¿Recuerdas cuando, hablando de Suspiria comentamos que la gran diferencia entre el cine gringo y el europeo es que el euro se inclina más al art-house y el ambiente que a la trama? Eso, que ya era evidente en El Baúl del Doctor Caligari y Nosferatu, se comprueba otra vez aquí. La influencia expresionista está disminuída, pero se suplanta con tomas asombrosas, que Hollywood tardaría una década en descubrir –mi favorita es cuando el asesino, sintiéndose acorralado, huye a un estacionamiento y nosotros lo vemos como si estuviésemos en la ventana de un edificio, con plena visión a la calle.

La trama me recordó mucho a la novela gráfica From Hell, donde no se trata tanto sobre el misterio de quién es Jack el Destripador, develado a nosotros en los momentos iniciales, sino un retrato de la sociedad y su reacción ante un criminal difícil de comprender. La policía lanza una verdadera cacería, empezando por los sospechosos habituales, pero entre ese océano de carteristas, ladrones y estafadores, nadie puede ni siquiera especular sobre qué llevaría a una persona a asesinatos tan abominables. Como no es uno de ellos, el bajo mundo responde con su propia persecución, que es uno de los temas famosos del terror, la erradicación del extraño —en Frankenstein portaban antorchas y en Drácula estacas, pero el monstruo es el mismo.

Siendo sincero, después de haber visto films modernos con la misma temática, M se me antoja anticuada y lenta –existen varios cortes del metraje, añadiendo y extrayendo escenas, además de un remake norteamericano de 1951, pero recordemos que el cine debe ser visto no con el ojo actual, sino en contexto y, como tal, es una poderosísima obra pionera que implicó un progreso tanto en técnica narrativa como en métodos de rodaje; siendo la primera película hablada de Fritz Lang, es también la primera que usa un tema musical constante para identificar a un personaje o situación, que es una vaina reutilizada al sol de hoy. ¿Sabes el tema que suena cuando el terminator aparece en Terminator 2? Eso nació acá.

Las audiencias de hoy seguro se aburren con esta película, pero si necesitas una razón para verla, la tienes en su ancla, Peter Lorre en el papel del maniático Hans Beckert, un performance que mantiene su impacto tras casi un siglo de cine. Encasillado tras esta actuación, puedes percibir las técnicas de pantomima y teatro en su lenguaje corporal, propias del cine mudo. Los últimos veinte minutos, donde el bajo mundo captura a Beckert y lo somete a un juicio “de sus pares” es obligatoria para todo cinéfilo (Lorre enfrentado a Gustaf Gründgens, actor imprescindible del cine alemán). Cuando la veas, considera que Lorre era realmente un actor cómico de acentuado sentido del humor (en el funeral de Bela Lugosi, le dijo a Vincent Price “¿Será que le clavamos una estaca por si acaso?”) y la confesión que se lanza, escalofriante por cómo la historia de la criminología la valida (“¡Trato de resistirme, pero no puedo dejar de matar!”) nos empuja al sempiterno debate moral: Si un hombre tiene la compulsión de matar y no puede controlarla, ¿es realmente culpable de sus actos?

El debate sigue vigente y la advertencia de la última escena retumba en el espíritu. Nada más esa escena es un tour de force.


Otra por el estilo:

Maniac, LA película de asesinos en serie.


1 comentario:

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