martes, 16 de enero de 2018

Comic Rant #3




Bueno, ¿por qué me he tardado tanto en aparecer por aquí?

Porque estoy preparando un post sobre X-Men que está heavy y es más trabajo que lo esperado. También he ido ocupándome de mis labores en Caracas Chronicles, un trabajo que es algo así como corresponsalía extranjera, sin ser extranjero. No complains, I feel extremely lucky, por fin me gano la vida leyendo y escribiendo. Weird shit has happened all around, desde entrevistas en radio a la grabación de una aparición en televisión con Román Losinski este jueves 18 de enero (no sé aún cuándo saldrá el programa), esto último para conversar sobre series de culto, imagino que por los textos que nos lanzamos aquí sobre Game of Thrones (Luis Carlos, you’re the man), y pues, enfocando mejor cosas de mi vida personal para que haya otra vez balance en la Fuerza. And I’m in a new band. Two.

Lee y escribe burda, because books will take you places.

BUT WE DIDN’T COME HERE TO TALK ABOUT ANY OF THAT SHIT, DID WE????

¿Qué ha pasado en el medio?

Acusaron a Stan Lee de ser un sádico y, te digo, lo creeré cuando vea evidencia; si has leído sobre la vida de Stan, al tipo le han acusado de todo. Y siempre es por plata.

Pero más extraño que esto es el cuento de Akira Yoshida, que prácticamente amerita un post en sí mismo.

En síntesis: El nuevo editor-in-chief de Marvel, CB Cebulski, admitió en noviembre que escribió para the house of ideas bajo el nombre y “persona”de Akira Yoshida, un supuesto autor japonés cuyos toques asiáticos a las historias les elevaba la legitimidad.

La vaina es un problema porque:

1)   Cebulski negó durante años ser Yoshida;
2)   Gente en Marvel decía conocer en persona a Yoshida;
3)   Después del desastre de los 90’ que casi destruye a la industria, existe una regla heavy en la industria mainstream donde editores y miembros del equipo no pueden escribir, ilustrar, entintar o whatever en el material impreso. Es un tema de buenas prácticas sobre el que estás informado porque eres un asiduo a este blog;
4)   Tenemos a un tipo que mintió y parece que se le premió con un mejor puesto.

Seguro que no es lo que Cebulski aspiraba para su entrada como editor en jefe, pero parece que ha sabido navegar las aguas. Hasta ahora.

Entonces, cómics. Lo primero que tengo que tocar es Injustice: Ground Zero. ¿Recuerdan lo mucho que amo la primera serie de Injustice?

This is a piece of shit.

No tuvimos suerte: el escritor es Brian Buccellato y cómo se nota. La serie sigue a los eventos del universo Injustice y su mezcla con el universo mainstream, que es propiamente lo que vemos en el juego. Protagoniza Harley Quinn y toda la narrativa buena a la que Tom Taylor nos acostumbró no hace asomo por ningún lado. Siempre he pensado que los personajes más difíciles de escribir en cómics son Deadpool, Harley, Squirrel Girl y afines, porque necesitas comedic timing agudo, no basta escribir una historia y ya, the jokes have to work. Buccellato no es ni cómico ni buen narrador y perdemos los primeros seis capítulos viendo a Harley formar una banda de hampones enmascarados para pelear contra el Régimen de Superman.

¿Cómo coño este grupo le va a hacer frente a un semi-dios, no digamos a él mas Wonder Woman, The Flash y Shazam?

En el primer Injustice hay un chiste recurrente de un guante de boxeo en una flecha que está muy bien aplicado y es excelente redacción de Harley Quinn. Aquí vemos las mismas fallas narrativas que refleja, por cierto, la película Suicide Squad, un bodrio insoportable. Leer Injustice: Ground Zero es como nadar en un mar de petróleo: espeso, oscuro y te quema los ojos.

Pero hablemos de algo bueno de DC.

Tengo debilidad por las historias donde Superman es malo, supongo que porque me es más interesante un ente omni-potente como villano que como héroe, y la mejor historia de Superman como imbécil, y una de sus mejores historias en general es Superman: Red Son, de Mark Millar.

Para que conste, no soy fan de Millar. El carajo tiene un temita con la sexualidad que es muy juvenil, su acercamiento tiende a ser ligero en momentos donde no debería (violencia sexual, como ocurre en Kick-Ass 2 y el abominable Wanted). Así que cuando digo que esta novela gráfica es brillante, créeme que soy imparcial. ¿Qué habría pasado si Kal-El hubiese caído a la tierra doce horas antes o doce horas después de lo que conocemos? El benevolente alienígena no cae en Kansas, sino en Ucrania, y es criado por granjeros hasta que el Estado Soviético lo adopta y lo convierte el poster-boy del sueño comunista. La guerra fría se convierte en una batalla entre las super-potencias orientadas al uso de super-humanos. ¿Y quién es el genio ayudando a los Estados Unidos?

Lex fucking Luthor.

En el Comic Rant pasado comenté cómo Luthor es un Moriarty, cómo su principal poder en contra de un tipo físicamente indetenible es su poderoso intelecto y acá Millar lo retrata del carajo. Para el ego de Lex, es imposible que alguien en este planeta sea considerado mejor que él, así que dedica su vida a la destrucción del héroe soviético. El imbécil que conocemos en el universo normal es un anti-héroe interesante en Red Son.

Porque Superman en este universo es un comunista convencido. Hoy, todo el planeta sabe que el experimento Leninista es un fracaso (los chavistas tienen casi treinta años de retraso mental, pero por algo son chavistas), pero cuando esta novela es ambientada, los años 50’, la vía de la URSS era una alternativa aceptable ante el mundo y eso, históricamente, está bien pintado. Kal-El, así, se convierte en un tipo muy complejo, porque quiere creer de corazón en el socialismo, pero al ver las colas por comida, duda.

Y cuando se enfrenta al terrorista “Murciélago” (yeap, el Batman de ese universo), la cosa se pone heavy. En Red Son, los padres de Batman fueron asesinados por la inteligencia soviética y el Murciélago le ha dedicado su vida a destruir al comunismo. Aliándose con Lex, le pone una trampa al soldadito rojo perfecto y no te quiero decir nada para no spoilearte lo que es uno de los mejores momentos de la serie, pero basta con decir que esto es lo que debimos ver en Batman v Superman. Ya sé que dije lo mismo hablando de Injustice, pero es doblemente cierto aquí. It’s so fucking smart, Batman y Lex hacen un dúo de terror y el desenlace de la serie le pone la quinta estrella al libro.

“Pero con toda tu fuerza, ¿por qué no obligas al mundo a que sea comunista?” le pregunta alguien a Superman.
“Porque no tiene sentido si lo hacen por miedo. Tenemos que demostrar con hechos que somos mejores”.
Eso, primero, es algo muy Superman, pero además es, literalmente, el alegato de Gorbachev en los 80’ para relajar el militarismo. Esto está muy bien investigado, no es un tratado sobre marxismo y comunismo, pero sí vas a reconocer cosas históricas reales.

No te puedes perder Red Son. Y si eres geek y venezolano, es imperdonable que no lo leas.

Otra cosa que leí hace poco fue el famoso Snotgirl, de Image. Uno de los títulos más sonados del año pasado, viene de la pluma de Bryan Lee O’Malley, mejor conocido por su creación Scott Pilgrim. Esta historia me atrajo por una premisa que nunca se llega a consumar: Lottie Person es una exitosa bloguera de moda. Tiene tantos seguidores que vive de eso, tiene a una asistente que le ayuda a organizar su vida, pero detrás de la fachada es medio perdedora. Su novio la dejó, todas sus amistades son superficiales, no es particularmente adinerada y tiene unas alergias malditas que la hacen moquear bajo estrés (dándole el título a la serie, “Chica Moco”).

Ese contexto, que es similar al de la mucho mejor desarrollada película Ingrid Goes West, da como para una exploración de cómo todos nos presentamos en internet de un modo en que no somos realmente (incluyéndote a ti y a mí). Proyectamos no la realidad sino cómo queremos ser vistos y, partiendo de eso, la gente se inventa escenarios. Bueno, si quieres ver eso más detallado, ve Ingrid, porque en Snotgirl la ya minimalista narrativa se disuelve en un misterio detectivesco que a veces es como Perfect Blue y a veces como Twin Peaks, sin llegar a la genialidad de ninguna de las dos.

Ve, empezando la serie, Lottie conoce a una chica que es su fan y quiere ser su mejor amiga y como ella está necesitada de contacto humano real, pues se mortifica por hacer que esa relación funcione. Sin embargo, en un incidente medio surreal, Lottie termina matándola –y la fan sigue apareciéndose como si nada. Súmale que la nueva novia de su ex es una stalker y, pues, tienes los elementos para un buen terror psicológico…

…que no termina de cuajar. Muchos de los capítulos de Snotgirl son como ver Memento a las tres de la mañana por insomnio: asientes creyendo que entiendes, se acaba y no entiendes nada. Los momentos en los que mejor me conecté fue en esas partes en que la narrativa es lineal y queda claro el drama que nuestra heroína sufre (al ir a una fiesta y conseguirse con su ex y la stalker, por ejemplo). Claro, va un solo volumen y la historia no está concluida, pero así como está, le falta carne a ese caldo.

Otra cosa que me hace ruido, y esto ya es más personal, es que notas cómo el arte, de Leslie Hung, está fuertemente influenciado por el manga. Hay como que una disonancia entre arte “americano” y viñetas que parecen japonesas. No es un defecto, realmente, mariqueras mías.

Hablando de novelas gráficas relacionadas con películas fritas, otra que leí hace un tiempo fue My Friend Dahmer.

Si no sabes quién fue Jeff Dahmer, no tengo tiempo aquí para entrar en detalles, let’s just say that Jeffrey Dahmer had some problems with his sexuality. Bueno, derf, el autor de este libro, cuenta con la particularidad de que conoció y fue panita en el colegio de uno de los más infames asesinos en serie de la historia.

Recientemente adaptada al cine, parece que con éxito, esta no es la historia de cómo Jeff cometió sus aborrecibles asesinatos. No vas a ver ni un solo estrangulamiento, ninguna violación, la hemoglobina no fluye en las páginas; lo que aquí vemos, quizá lo has vivido. Todos odiamos ser adolescentes y tener que ir a la escuela (las únicas personas que disfrutaron el colegio son los que hacían sufrir a los demás), y todos buscamos nuestros modos de sobrevivir con nuestros amigos renegados. Y siempre está ese pana que en apariencia es como uno, pero de vez en cuando se lanza comentarios o acciones que te hacen ver que algo no está funcionando bien en esa azotea.

Jeffrey Dahmer nunca fue normal. Como derf lo conoció y lo retrata, era el chamo que trataba de hacer reír a los demás portándose raro y que, if left to his own devices, se quedaba en el estacionamiento bebiendo una birra tras otra. Las señales del comportamiento anti-social están ahí desde el principio, pero los profesores no saben cómo reaccionar y los propios amigos fruncen el ceño ante vainas creepys que no saben cómo interpretar porque tienes catorce años y ninguna experiencia con la vida.

Ese es el terror que fluye bajo la superficie y poquito a poco en My Friend Dahmer, el motivo de por qué triunfa: en blanco y negro llega la noche y cuando nuestros personajes están a solas con Jeff, tus alarmas se disparan. A lo mejor es por lo que sabemos hoy, pero es muy inquietante ese rostro inexpresivo detrás de esas gafas. Cuenta la leyenda que cuando derf vio la vaina en las noticias, años después, llamó a uno de sus amigos de la prepa y se quedaron boquiabiertos tipo “¿Pero te acuerdas que el tipo hacía esto y esto y esto?”

My Friend Dahmer: independiente y bien buena if you’re into creepy shit.

Y ahora vamos a hablar de malandreo serio y eso es uno de mis libros favoritos en la vida y la razón de por qué le debo una caja de cervezas a Garth Ennis: Preacher.


Jesse Custer es un cura desahuciado en Texas. Su fe flaquea, su congregación es un poco de rednecks miserables y se percibe fracasado (“en mi experiencia, uno solo consigue a dios en el fondo de una botella o en el cañón de una pistola”). Es tras una horrenda borrachera que recibe a Genesis, el fruto de la unión entre un ángel y un demonio. Confundido, pronto descubre el don que el ente le ha dado, “la palabra de Dios”: cuando Jesse pone los ojos rojos y te da una orden, tienes que cumplirla.

“You motherfuckers!” le grita a una legión de policías persiguiéndolo por un malentendido, “¡Suelten las armas y toquen al cielo!”

Los agentes sueltan las armas y levantan las manos estirando los brazos.

“¿Qué haces, idiota?” pregunta uno de ellos, “Recoge tu pistola.”

“¡Recógela tú, yo no puedo!”

Y por vueltas de la vida (y acoso celestial), Jesse descubre que Dios ha abandonado su trono y está recorriendo la tierra. Con el vampiro irlandés Cassidy y su ex novia Tulip O’Hare, se lanza una road movie para encontrar a Dios, literalmente, y obligarlo a disculparse ante la humanidad.

Por si esa exposición no fue suficiente, vamos a ser explícitos: Si tienes sensibilidades de hadita del bosque milenial y te ofendes por todo, no leas Preacher. Es un libro en el que uno de sus primeros antagonistas, el sheriff Hugo Root, es humorísticamente racista (“If you ask me, I bet niggers did this” dice ante una iglesia quemada hasta los cimientos. Cuando otro policía le cuestiona cómo es posible eso sin rastros de gasolina, Root espeta “Martian niggers, Kenny, okay?”). Aquí hay humor negro hasta para llevar y, como todo lo escrito por Garth, es bastante transgresor. Esto es publicado por Vertigo y, en consecuencia, se espera que seas un adulto y puedas lidiar con el mundo real.

Pero también es una narrativa tan delicada, tan bien hecha, que impresiona en su desarrollo. Detallitos que aparecen en un capítulo equis tienen mayor relevancia muchos episodios después (empezando la serie, te dices “es demasiado irreal que Jesse sea tan badass de gratis” y cuando descubres su pasado, everything makes sense), pequeños rasgos de personalidad tienen consecuencias y trasfondos súper complejos y todo enmarcado en una carta de amor al sur norteamericano (curioso, considerando que Garth es irlandés). A veces con sabor a western, a veces fantasía urbana, Jesse no reflexiona en nubes de pensamiento, como tradicionalmente se hacía en el medio, sino que conversa con un espíritu real o imaginado de John Wayne, artilugio narrativo exitoso para tener a nuestro protagonista cuestionándose a sí mismo y, a la vez, explorando deliciosamente ese subgénero de la narrativa gringa que nos dio joyas en el siglo XX, desde la pluma de Faulkner y Steinbeck, el southern-gothic.

Pero el otro tema que toca el libro, en mi opinión con sobrado éxito, es la identidad masculina y lo que significa ser un hombre en nuestra sociedad. La amistad entre Jesse y Cass te va a llegar al corazón porque todos los hombres lo hemos vivido, un pana con el que empiezas a beber y terminas ayudándolo y él a ti. ¿Pero qué pasa cuando surgen conflictos por cosas de peso? ¿Qué pasa si tu pana tiene problemas heavies de su pasado que aparenta esconder bajo la actitud del sabrosón de la cuadra? ¿Cómo haces para proteger y proveerle a tu chica, cuando ella es una mujer independiente y fuerte que no necesita de ti sino emocionalmente (como tú de ella)? ¿Cómo el macho-alfa-proveedor maneja la pérdida de estatus, la infidelidad, las traiciones, los fantasmas del pasado?

Házme caso: Preacher empieza como un chistecito y rarezas, pero cuando entra el segundo arco, ya estás enganchado. No vas a parar de leer hasta uno de los pocos finales que he leído que me han sacado lágrimas. Una fucking joya de Ennis y su ilustrador Steve Dillon, paz a su alma.

Sé que estrenó una serie de televisión hace relativamente poco y parece que es buena; me dirán ustedes qué tal.

Hasta entonces, nos vemos en otro Rant. ¡Lee Preacher, coño!


domingo, 26 de noviembre de 2017

Comic Rant #2


Si eres asiduo a este blog, probablemente te estás preguntando qué pasó en todo el mes de de octubre, con las publicaciones irregulares de Sympathy for the Creature, saltándome días y atrasándome y tal, con el silencio posterior. I won’t go into details, so I’ll just say I was sick.

How sick?

Very sick.

But now I’m back, so let’s talk some fucking comics.

Antes de entrar en materia, hay dos noticias grandes ahorita en el medio: Lo de Eddie Berganza (mal nombre si eres hispano y te acusan de agresor sexual) y lo de Brian Bendis.

Primero, no existe un medio más liberal en este planeta que el de los cómics. Muchas de las historias que avanzaron esto como forma artística son historias de inclusión y de loving the alien, all the way back to 1931. Mucho antes de que Hollywood empezara con el tema de los personajes negros y femeninos, ya teníamos el debate en las páginas y todo el tema del acoso sexual ya estaba bien expuesto por allá por el 2011 —no sé si se acuerdan, pero el autor del exitosísimo JL8 prácticamente perdió su reputación porque era una metralleta de dick pics.

Pues ahora le ha tocado a uno de los principales editores de DC Comics, Eddie Berganza, que parece que es bastante agresivo con el tema de la dominación y tantas carajas han salido a denunciarlo que DC lo “suspendió”. La queja ahorita no es que lo hayan suspendido, sino que haya tardado tanto tiempo cuando era un secreto a voces. Los cómics han crecido muchísimo, pero seguimos siendo un medio insular donde si eres medio mamagüevo, people is going to know, seas Eddie Berganza o fucking Bob Kane (ya hablaremos de eso).

¿Qué puedo decir? Si tienes un problema tratando a las mujeres con respeto, estás bien jodido trabajando en cómics.

Aquí hay un debate también sobre lo peligroso que es acusar a la gente y cómo la mera acusación es capaz de arruinar reputaciones independientemente de las pruebas (uno de los recientes acusados es George Takei, uno de los carajos más bondadosos y humanitarios ever). Pero esas son aguas muy profundas para estas horas y tú probablemente ya tienes tu idea al respecto.

Entonces, Brian Michael Bendis.

¿Por qué es una noticia importante?

Porque, si te acuerdas, Brian Michael Bendis fue uno de los escritores que salvó a Marvel en su peor momento. El carajo emergió del cómic independiente tras redactar sendas piezas noir (destacando su Se7en de los años 30’, Torso), y su narrativa oscura de moralidad ambigua calzó tan bien en Daredevil, que lo redefinió tras aquellos arcos de Frank Miller.

Pero hay más, porque el tipo pasó a perfeccionar el tono aventurero y simpático de Marvel que puedes ver en las películas. Junto a Waid, Whedon, Tom Taylor, Ennis, Vaughan y tantos otros, “Bendis” es una marca de calidad.

Pues hace cosa de días sorprendió al mundo al anunciar que hizo un trato de exclusividad con DC y ahora pasará a escribir en las páginas de la competencia. ¿Cómo nos debería caer eso?

Del carajo.

Bendis ha estado en Marvel por casi veinte años y me parece perfectamente razonable que quiera un cambio de dirección, pero es que cuando el tipo se siente a redactar esos libretos, tú sabes que lo que va a salir es oro puro. Lo que soy yo, no puedo esperar para leer su Batman y su Teen Titans. Marvel va a estar bien. Y esto de escritores que pasan de acá pa’ allá is as old as the medium itself.

Entonces, ¿qué hemos leído por ahí?

Casualmente hablando de Bendis, me clavé todo su Miles Morales.

Este pana escribe adolescentes como nadie; por si no lo sabes, Miles Morales es el Spider-Man negrito que anda por ahí. Empezó como otro Spidey que compartía tarima con Peter Parker en el universo Ultimate (separado de la narrativa principal), pero cuando Peter murió, le quedó a él llevar el manto. Y mira, se lee muy bien. Ya hemos hablado de cómo Spider-Gwen es básicamente un remake de Spider-Man rebozando estilo. Miles es diferente.

Cuando su título propio arranca, Miles se está asentando en su rol y en una lucha contra Norman Osborn, asesino de Peter. Claro, las cosas son complejas y la historia tiene giros inesperados, pero el chamo es simpático y sus pesares son creíbles. Es una serie relativamente corta que vas a leerte de un tirón y vas a reconocer de dónde salió el pana gordito que Peter tiene en la nueva película.


Lo otro que leí, hablando de Spider-Man, fue el famoso Spider-Verse. ¿Qué tal? Comme ci, comme ca.

Spider-Verse es una de las historias más sonadas de los últimos años, porque incluye a “todos los Spider-Man ever, en una batalla a ver quién sobrevive”. Esto es más o menos cierto: Por giros de trama y unos villanos que sirven de excusa, todos los Spider-Man de todos los universos se reúnen para enfrentarse a depredadores que se alimentan de ellos específicamente. Esto quiere decir que vas a tener en la misma historia a Peter Parker, Miles Morales, Silk, Spider-Gwen, El Cerdo Araña, Ben Reilly, el Spider-Man del futuro, a uno hindú, a Jessica Drew, al de las series japonesas de los 70’ (con su propio robot tipo Mazinger), al punk, al de las películas de Toby Maguire Y al de Andrew Garfield, a mi querido Superior Spider-Man, al de los videojuegos, al que tiene seis brazos, al que se convierte literalmente en una araña gigante y, bueno, a todos, pues.

Como herramienta para el suspenso, la serie es un fracaso. Desde el principio está bien claro quién se va a salvar; ¿el Spider-Man que te gusta es popular? He (or she) is safe. Todos los nulos o experimentales pasan a mejor vida y Spider-Verse no es la purga dramática que esperábamos.
¿Dónde sí triunfa? Artísticamente. Pana, es un gustazo ver cómo adaptaron al cómic formatos tan ajenos como la serie animada de los 70’, o incluso las peleas de videojuegos. Mi momento favorito ocurre cuando referencian a un experimento que se intentó de verdad y fracasó: La serie de periódico.

Eso fue en los 70’, si no me equivoco, cuando Marvel pasó a su serie estrella al formato de prensa. Sabes, tres o cuatro viñetas diarias en blanco y negro, que se canceló pronto porque ese formato resultó anti-natural para este tipo de narrativa. Siempre se usaba una viñeta para referenciar a eventos pasados; otra era para decir que estaba pasando ahorita. Te quedaba una sola para avanzar la trama. Esto quería decir que, mientras el cómic real se lanzaba sus épicas, una sola pelea en el periódico tomaba para siempre.

Bueno, acá uno de los villanos entra en ese universo y se consigue con que ese Spider-Man referencia constantemente al pasado y le toma años el moverse y darle un golpe. Está manejado con mucho seso y buen gusto, imposible no sonreír.

Spider-Verse: Narrativamente es cualquier vaina, artísticamente es obligatoria.

Otra cosa que estaba leyendo es Britannia.


No sé si sabes, pero una de las muchas casas que surgieron en los 90’ fue Valiant. Fundada por el polémico Jim Shooter, la vaina ofrecía prácticamente lo mismo que todas las demás del momento, pero con toques originales. Bloodshot, Turok y una serie dedicada a superhéroes afroamericanos, con Xombi y Hardware.

Bueno, hace poco resurgieron y el año pasado nos dio a uno de los mejores títulos recientes. Centrado en el imperio romano durante Calígula, Britannia nos echa el cuento de Antonius Axia, “el detector”. Tras un casi fatal accidente en la epónima provincia romana, es adoptado por las vírgenes vestales e instruido en los secretos de una primigenia ciencia forense. Y bueno, se va por ahí a resolver misterios.

La vaina es parte de ese género de ficción de “detective en un contexto inusual”, pero tiene buen suspenso y los personajes están muy bien desarrollados. Notable es la relación entre Antonius y su esclavo, que refleja algo que pasaba en la Roma real: Muchos dominus eran malditos con sus esclavos, pero muchos otros mantenían una relación prácticamente fraternal con ellos, tanto así que, como es sabido, el esclavo principal de Julio César era casi un padre y lo lloró horrible tras su muerte. Acá, ambos hombres actúan tanto como panas que cuando uno sugiere la realidad de la relación, es hasta chocante.

Otra cosa que cae bien es algo que no se hace mucho y no entiendo por qué; cuando termina cada capítulo, hay unas cuatro o cinco páginas de historia romana, escrita por académicos. Digamos que en el episodio se habló burda de las vírgenes vestales o de los gladiadores. Bueno, al final tienes un ensayo largo sobre ese tema. El que habla sobre la realidad de la mujer en Roma es excelente.

Y gráficamente esto está muy bien logrado. Britannia: anda a leerla.

Y con ocasión de la peli de La Liga de la Justicia (nop, aún no la he visto; this is a comic book blog, guys), es Injustice, de DC. Si te suena, es la serie que antecede al videojuego que sacó la gente de Mortal Kombat; ocurriendo en un universo paralelo, el contexto le permite al escritor, Tom Taylor, la libertad de hacer y deshacer el universo DC a su gusto. Y créeme que lo hace.

Todo va bien en el mundo. Superman está casado con Lois Lane y están esperando a un bebé —el padrino del niño será Bruce Wayne, quizá el hombre en el que Clark más confía, un hermano más que un aliado.
Pero Doomsday ha regresado. Con tanto qué perder, el hombre de acero responde de inmediato, poniéndole fin a la vida de su mortal enemigo… que nunca fue. Todo era una ilusión generada por el infame gas enloquecedor del Joker y mientras Supes pensaba que eliminaba a Doomsday, realmente mataba a Lois… y a su hijo.

“¿Por qué él?” le pregunta Batman al Joker, ya habiéndolo capturado.

“Porque estaba cansado de luchar contra ti y quería ver cómo sería timarlo. Fue muy fácil”.

Desahuciado, Superman cruza la línea que Batman jamás se permitió, y mata al príncipe del crimen, estableciendo la paz mundial a la fuerza. “Hemos estado en estas luchas estúpidas durante décadas” dice. “Los mandamos a la cárcel, se escapan y hacen de las suyas otra vez, matando a inocentes en el proceso. ¿De cuántas muertes somos responsables por no ponerles fin?”

Junto a un grupo de fieles, como Cyborg, Green Lantern, Wonder Woman y Shazam, la nueva Liga de la Justicia se lanza una gira mundial obligando a que las guerras cesen. Es brillante el momento en que Superman sienta a los líderes de Israel y Palestina en una mesa y les dice “Tienen 24 horas para acordar los términos de la paz. Si cuando venga mañana eso no está listo, los términos los pondré yo”. La meta de Kal-El, el guardián del planeta, está al fin lograda.

Excepto para Batman, que ve en esto a tiranía.

De poco sirve una paz mundial alcanzada por el miedo y la cesión de libertades, y la paz de los sepulcros bien rápido degenera en opresión. Junto a la bat-family, es Bruce quien lidera la resistencia, quien trata de que el rey del mundo entienda y recupere a la humanidad que siempre les ha guiado. Se sirve así la Civil War de DC Comics, en una historia en la que nadie está a salvo.

Guy Gardner is a show-stealer
Y quiero decir nadie. Si te parece que la muerte de un villano como Joker es impresionante, ese es el abrebocas: La vaina se configura pronto como una guerra donde ambos bandos cuentan con poder para destruir ciudades. Injustice funciona por dos motivos: Primero, Tom Taylor conoce perfectamente cómo funcionan los personajes de DC, les llega al corazón —y al tuyo. Verdaderos momentos que sacan lágrimas, como la relación entre Green Arrow y Black Canary, miembros de la resistencia, perpetuamente aterrados el uno por el otro al enfrentarse contra un enemigo invencible, o ese nexo entre Batman y Nightwing (“Tú nunca fuiste mi aliado, fuiste mi hijo”) y los efectos que causa en Damian Wayne. Hay una parte arrechísima en que Black Canary tiene capturada a Harley Quinn y Harley está siendo su yo chistosa tonta habitual.

“Debe ser muy bonito tener a alguien así como tú tienes a Green Arrow” dice Harley. “Yo lo tenía en mi Mr. J, y ahora Superman me lo arrebató. Nunca estuvimos separados por mucho, ¿sabes? Recuerdo una vez que lo arrestaron. Trabajé todos los días para recuperarlo. Hice planes enormes, junté a los secuaces, compré las armas, todos los días luchando para que volviera a mí. Se escapó por su cuenta más de un año después y cuando volvió, me saludó caminando sin verme a la cara”.

Y en ese punto, Harley baja la cara y se seca una lágrima.

“Pero es porque así es que él ama, ¿entiendes? Yo sé que me extrañó. Yo sé que me quería”.

Y Black Canary sólo mira y es un momento en que Harley, el bufón de DC, se convierte en un ser humano con el que empatizas. Es el verdadero rostro de una caraja que ha sido manipulada y abusada por su novio psicópata y en el fondo lo sabe.

La otra cosa a favor de Injustice es que, precisamente porque Taylor tiene tal manejo de los personajes y la trama, cuando las muertes ocurren, te toman por total sorpresa. Mi pana, esta es una serie que no vas a parar de leer. Cada fucking arco termina con un momento impactante, situaciones en que vas “No, no, no, noooo, nonononononono, ¡coño, mataron a _____!” Las personalidades de gente que uno no conoce mucho (Shazam, Dr. Fate, Black Adam) están bien establecidas y llegas a entender de qué va cada quien.

O sea, las caracterizaciones están logradas a la perfección. Lex Luthor, por ejemplo, no es el ridículo que sale en Batman v Superman (es una de las grandes ironías, esta serie nos da el enfrentamiento entre ambos héroes que esa película no supo brindar), sino un tipo muy Moriarty, casi pasivo, que se une al régimen desde tempranito.

“Nuh-uh” dice alguien, “este tipo no. Es un traicionero y una rata. Es obvio que no podemos confiar en él”.

Lex los va señalando con el índice:

“Tú te llamas Diana Prince, tú eres Barry Allen, tú eres Hal Jordan y tú eres un niño llamado Billy Batson y tú Clark Kent. Siempre han tenido que confiar en mí, lo que pasa es que no lo sabían”.

O como cuando, temprano en la vaina, el régimen se encarga de arrestar a todos los supervillanos que hay por ahí. Están metiendo a Two-Face en Arkham cuando Batman se aparece e incapacita a Cyborg con un virus que le metió hace años.

“Espera un momento” dice alguien. “Él era tu amigo ¿y le metiste un virus?”

“Se ha estado preparando para esto por mucho tiempo” dice Damian, oponente de su papá. “En caso de que tuviera que pelear contra ustedes. Te apuesto lo que quieras a que tiene archivos detallados sobre quiénes somos todos y cuáles son nuestras debilidades”.

“Wow” se ríe Killer Croc desde su celda, “eso es maldito hasta para mí”.

El escenario es algo que ya ha sido aludido en obras como Watchmen, Irredeemable o Superman: Red Son: ¿Qué pasa si al guardián omnipotente le da por despotismo? Superman se configura no como un antihéroe, sino como un antivillano. Nos recuerda a Al Pacino en El Padrino II, un tipo que está dispuesto a cruzar cualquier barrera para mantener la paz, sentado en el trono de la ambigüedad moral. En un momento, está jugando ajedrez con Flash.

“Quiero prohibir las armas de fuego”.

“Ya” contesta Flash. “Pero antes de que las pistolas existieran, la gente se mataba con cuchillos. ¿Vamos a prohibir eso también? ¿Qué tal los carros? Alguien puede usar un carro para matar gente. ¿El alcohol, los cigarrillos, también los vamos a prohibir?”

La vaina no es solo la coñaza espectacular, sino una exploración intelectual sobre los límites de una “paz mundial” y de abrazar a “el fin justifica los medios”. Aquí vas a ver a todo el mundo, desde los antedichos hasta Swamp Thing, Lobo, Martian Manhunter y sí, Batman une fuerzas con John Constantine. Si eso último no te convenció para leer Injustice, you probably don’t like comics.

Yeap, ese es Detective Chimp

La serie tiene un problema grave, though: A mediados del tercer arco (llamados “años”, son cinco), Tom se marcha y Brian Buccellato, un escritor inferior en todos los sentidos, toma las riendas. Sus dos arcos son francamente débiles, no resuelven nada y a veces arruinan cosas espectaculares que hizo Tom.

Pero esos primeros tres arcos son tan brutales que pagan el precio de entrada y te ruego, por los clavos de Cristo, su sacro dolor y su herida sangrante, sácale el culo a la película si quieres, pero léete Injustice. Es excelente.


Después de year five, hay otra serie narrando los eventos del juego y creo que eso está escrito por Tom. Si no, la serie del segundo juego (Injustice 2, duh) sí está escrita por él y esa es recomendación suficiente. Aún no he leído estas dos pero no dudes que cuando haya otro Comic Rant, serán tema de discusión.