Estoy disfrutando mucho…
Pero ojalá volviera…
He
estado leyendo últimamente sobre una de mis obsesiones, la guerra de Vietnam—el
que tenga interés en lo bélico y no le haya metido, le da la espalda al segundo
conflicto más fascinante del siglo XX—y, viendo todo el descalabro social que
iba en aumento en los años 60’, que reventó en el 68’ pero que sentiría hasta
1973, me vino a la mente el concepto moderno de “guerra cultural”.
Ese
período presidencial que LBJ arranca en 1963 abre nada más y nada menos que con
el asesinato de un presidente, Kennedy. Nuestro hemisferio venía de una época
de crecimiento sostenido y estabilidad con los años 50’, imposible adivinar lo que
se venía. La guerra arranca oficialmente en
1965, año en el que también es asesinado Malcolm X, activista por los Derechos
Humanos y las libertades civiles. Los 60’ en general fueron una época donde se
consideraba que tú podías resolver un altercado político matando a la otra
persona. El rock and roll que ya se veía atrevido con Elvis meneando la
cintura, se convierte en una verdadera fuerza contra-cultural, primero con los
Beatles pero luego con bandas más agresivas y con un contenido político más
pesado, muchas de las cuales tomarán directamente al tema de Vietnam con
rechazo. Es la década de la mini-falda y una generación de mujeres que dicen,
por primera vez (de esa manera), que ellas no son apéndice del hombre, que
tienen el derecho a controlar su futuro sexual y reproductivo y que si no les
da la gana ponerse sostén, pues no se lo ponen.
La recluta,
que se supone que va para todos los jovencitos americanos en edad de matar (pero
no de votar), tiene privilegios: Tú podías obtener un diferimiento si demostrabas
que estabas empleado en una vaina calificada o si estabas en la universidad, es
decir que la recluta, esa supuesta lotería que mandó a una generación a la
trituradora de Vietnam, se afincó especialmente en chamos pobres y
principalmente negros. Martin Luther King dijo, con dos bolas, que qué bonito
es que los jóvenes de color de los Estados Unidos tenían que ir al sureste
asiático a defender libertades que ellos mismos no tendrían en el sur de
Georgia. De la mano con esto, el atleta más famoso de la década, Muhammad
Ali, sería objeto de esta recluta a la que se negaría, diciendo ante los medios
que el enemigo suyo no era ningún Viet Cong sino los opresores blancos que lo
jodían en su país y que no tenía sentido ir a arriesgar el pellejo cuando
ningún comunista lo había llamado a él nigger.
Se desata una ola de protestas
contra la guerra, que era realmente una ola de protestas contra el
establishment. Manifestaciones importantes fueron lideradas por Martin Luther
King, hasta que lo asesinaron en 1968—y dos meses después, el candidato
demócrata que estaba casi en la Casa Blanca, Bobby Kennedy, es asesinado
también. Los soldados que llegaban del frente venían súper desilusionados y le
decían a la televisión que el gobierno mentía, que fueron a la guerra para nada
y que todas estas medallas no tenían ningún valor. Estas manifestaciones
pacifistas se replican en todo el mundo.
Se radicalizan los movimientos
políticos y raciales, estos últimos con los Black Panthers (principal pero no
únicamente), teniendo su expresión más extrema en el Ejército Simbionista de
Liberación, que mataba gente y secuestraría en 1974 a la heredera millonaria
Patty Hearst y la pondría a robar bancos. No hubo ciudad grande en la unión que
no se volviera terreno de enardecidas protestas, muchas veces con la guardia
nacional tomando la calle y llevándose gente presa sin ton ni son. Desde Chicago
y Detroit hasta los disturbios de Watts en la costa oeste, la meta era prender
al país en candela. Las universidades parecen santuario seguro de protesta
hasta que en 1970 la guardia nacional agarra a tiros a una manifestación en
Kent State, Ohio, matando a cuatro estudiantes e hiriendo a nueve. No sería el
único evento de armas en una universidad.
En 1969 se descubre que el año
anterior, un grupo de soldados americanos, supuestos defensores de la libertad
y la justicia, masacraron a todo un pueblo llamado My Lai. Se habla abiertamente
de que la guerra se perdió. En 1967, The Velvet Underground saca la canción Heroin, y ese reventón tendrá su apogeo en
Woodstock, también en el 69’, año en el que Sharon Tate es asesinada por un
culto de hippies diabólicos.
En 1974, el presidente de los
Estados Unidos renuncia a su cargo al enfrentarse a la realidad (que era un
bandido) y en 1975 cae Saigón.
Todo esto es muy a vuelo de
pájaro. Pasaron otras cosas, pero esto es lo que me viene a la mente ahorita.
Y uno ve todo eso y lo
contrasta con quienes dicen ahora que hay “una guerra cultural”, con la osadía
propia del ignorante, porque hubo una cosa llamada Black Lives Matter y una
gente quería cambiarse el género. Un bando dice que como esta serie de
televisión no tiene suficientes actores de color, hay que boicotearla y acosar
a los productores y asegurarse de que no vuelvan a trabajar más nunca en la
vida, que paguen por sus pecados para siempre. El otro bando dice que como esta
serie de Disney tiene muchas mujeres y actores de color, hay que boicotearla y
acosar a los actores y productores, hasta que paren en la indigencia.
Lo mismo con las películas, lo
mismo con los video juegos y lo que tú te imagines. Es, básicamente, una pelea
de internet, sobre la que predica gente que vive conectada todos los días, con
prácticamente ningún efecto en tu vida real. Y todo está enfocado en la cultura
pop, es una pelea para controlar series de televisión que no me gustan y
perseguir a gente que me cae mal por cómo se ve y cómo habla. Tienen el
atrevimiento de decir que esto es el acabose, lo más bajo que hemos caído como
cultura. La guerra cultural empieza con
las películas y terminará en tu casa, una cosa que estoy escuchando desde
algo así como el 2016 y que, en diez años, no termina de darse.
No, the western world isn’t ending; you’re just too ignorant to tell.
Pregunta:
¿Existe la película de vampiros que asuste?
EC
—Instagram.
Sí,
pero antes de responder eso me excuso porque mi idea es una columna semanal y
la verdad es que entre el trabajo y mis labores literarias personales, hermano
mío, time is short.
Vamos
con los muertos vivos: Esa pregunta que EC hace existe desde que nuestro
querido Bela andaba seduciendo señoritas con su capa, su medalla y su acento
extranjero; a decir verdad, esto está en el corazón del arquetipo del vampiro
desde su génesis. ¿Cuál es el subtexto de Drácula? Que en la Londres victoriana
todo el mundo es gente decente y las mujeres son muy formales y bien portadas,
hasta que llega un extranjero a seducirlas con un beso que las vuelve locas.
Solución: Los rectos señoritos deben cazar a este pervertido transilvano (y sus
tres esposas pelvelsas).
Es
difícil, pues, un vampiro que seduzca señoritas y que luzca como los mostrencos
grotescos de From Dusk Till Dawn. Ya antes de Drácula hubo dos vampiros repulsivos: El famoso Conde Orlok,
interpretado por Max Schreck en Nosferatu,
y el tremebundo Profesor de London After
Midnight, hecho por Lon Chaney en quizá la película perdida más famosa que
hay. No sabemos a ciencia cierta qué tan aterradores resultaron a las audiencias
contemporáneas, pero pocos años después, cuando Lugosi se puso la capa, ya
estaba bien firme en la consciencia popular que los colmillos del vampiro
entran realmente por los ojos y el corazón.
Supuestamente
cuando el rol cayó en manos de Christopher Lee, esto cambió porque el Drácula de Hammer, bajo la
dirección de Terrence Fisher, es un personaje más siniestro. Sus pasos no
suenan y aunque es muy educado cuando nos habla por primera vez, a lo que se le
cruza el apellido se le inyectan los ojos de sangre y toma un lenguaje corporal
propio de un lobo. Se supone, amigo mío, se
supone que cuando estrena en los años 1950s, la gente se asustaba porque la
peli era además gótica y tenía sangre en technicolor.
Otra
cosa que tenía era escotes interesantísimos. Y let’s face it, Christopher Lee was a hot piece of
ass in his time. Alto, oscuro y misterioso, y además con dinero,
con sangre azul (fuera de chiste), no sorprende que el tipo pronto tuviera
chorropotocientas fans preguntándole en cartas si es verdad que el vampiro
chupa.
Aquí donde estoy, y echando
memoria, creo que el vampiro más “espuki” que me viene a la mente es, otra vez,
Nosferatu pero esta vez en la piel de Klaus Kinski—pero eso es porque Klaus
Kinski was a scary motherfucker himself—y para que veas cómo son las cosas, en
ese mismo año en que Herzog dirige la nueva versión del vampiro alemán, tenemos a
Frank Langella como un Drácula romántico y seductor.
La cosa no se pondrá tenebrosa
sino hasta los 80’, con dos pelis en particular. Primero, The Hunger, en 1983, donde los hematófagos principales son
Catherine Deneuve y David Bowie, two of the fucking sexiest people ever. La
peli abre con una secuencia que servirá de inspiración para 90 libros de Vampiro, La Mascarada (y con música de Bauhaus, no less)
en un vampireo delicioso, perfecto y violento. El resto de la película se
disuelve in some arthouse stuff, pero al menos aquí ya hay un par de vampiros
con quienes no quieres irte a casa.
Hay un aspecto muy interesante
del vampirismo que aparece justamente en la tercera edición de Vampiro, la Mascarada (que incluso si no
te gustan los juegos de rol, sigue siendo una excelente obra de referencia
sobre los no-muertos) que explica cómo debe ser la realidad de una persona que
debe vivir de noche y alimentarse de sus congéneres para vivir. El libro
detalla que el vampirismo es realmente una puerta hacia la degeneración donde
entre más tiempo ha vivido la persona, más separado se siente de todo lo que le
volvía mortal. Algo así como el Doctor Manhattan pero con Depeche Mode de
fondo.
Hay una peli que refleja eso: Mi favorita del tema y la ópera prima
de Kathryn Bigelow, Near Dark.
Si tú te pones a ver, aquí
están todos los elementos para una peli vampírica adolescente regular. Nuestro
prota, un Adrian Pasdar con ojos de venadito perdido, se consigue con una linda
rubia en esas eternas carreteras americanas donde lo que sobra son los camiones
y estaciones de gasolina. Pasdar, que en la peli se llama Caleb, no sabe que
esta chica de quien se ha enamorado es una vampira, que ahora le ha pasado la
maldición y lo integra a su grupo de viajeros de la noche, mientras su familia
hace la lucha por salvarlo y traerlo al mundo de los vivos.
Ese es el mismo argumento de The Lost Boys, que estrenó también en
1987 y es mucho más popular que mi consentida. La dirige Joel Schumacher,
protagoniza Jason Patrick (también con ojos de venado perdido), la vampira
sensual es Jami Gertz y en la banda de vampiros está Kiefer Sutherland.
Salvándole la vida a Patrick tienes a los dos Corey (Feldman y Haim), una vaina
invencible en la taquilla de ese año.
Pero mientras Boys es una buena peli para la
generación MTV, Near Dark es oscura y
violenta. La banda de vampiros, liderada por Lance Henriksen y con Bill Paxton
y Jenette Goldstein a la cabeza, no van pendientes de enamorar a la audiencia,
lo de ellos es la sangre y la van a obtener como sea. Infame es la escena en
que pretenden volver un cazador al joven Caleb, metiéndolo en un bar de mala
muerte del que nadie saldrá con vida. Acá no hay extranjeros con acentos
seductores ni un sexy Kiefer picándole el ojo a la pantalla: La crueldad de
estos vampiros es inhumana y realmente impresiona sobre lo lejos que pueden
llegar.
La música la hace Tangerine Dream, de paso. This is the good stuff, buddy.
Pero ya sé qué es lo que estás
pensando.
Vic,
este resumen histórico está muy bonito, pero yo quiero un beta que me perturbe,
que me cueste dormir.
Vale. Si eres susceptible a la
violencia (o sencillamente a las buenas historias), Near Dark es la respuesta, pero si lo que quieres es una cosa
perturbadora, grotesca y terrorífica, la peli salió hace pocos años, es
francesa y aunque no la conoce nadie, es de lo mejorcito de la década: Le Vourdalak.
Acá estamos en el siglo XVIII y nuestro improbable
héroe es un marqués de esos a los que Robespierre descabezará años después. Jacques Saturnin, el peluche en cuestión, se pierde
por esos bosques góticos donde es mala idea andar sin caballo cuando cae la
noche, y desesperado y recién robado, para en la casa de familia de un tal
Gorcha.
El
ambiente en la oscura cabaña está pesadito porque Gorcha se fue a matar turcos,
adviertiéndole a su familia, “Si no regreso dentro de seis días es porque me
mataron, y si regreso después de esos seis días, no me abran la puerta”. Bueno,
mi hermano, los seis días se cumplen justo en esa jornada en que Jacques está
de visita y aunque nadie cree en espíritus, una cosa en la que sí cree Jacques
con fervor es en las nalgas de la hija de Gorcha, una bella chica llamada
Sdenka.
Él
se queda por ella, subestimando la leyenda. Conocerá a un suegro verdaderamente
infernal.
Yo
no sé con cuánta plata hicieron Le Vourdalak y ni siquiera quiero
mostrarte al diseño del vampiro; sí te diré que a Gorcha no lo interpreta un
actor sino una marioneta que no esconde su naturaleza. El personaje es un muñeco
y punto. Pero el ambiente, la actuación del ensamble y la excelente dirección
de Adrien Beau (quien da voz a la criatura) hacen de esta peli una vaina sensacional.
Aunque Jacques no es un héroe y más bien es un protagonista antipático, Le
Vourdalak da esa sensación de que estás viendo una película prohibida cuyas
perversiones van mucho más allá de unos actores interactuando con un muñeco.
Si un vampiro existiera de verdad, y no es que este sea yo manteniendo la mascarada, sería indudablemente como Gorcha: Inmoral, decrépito, cruel y 100% aterrador. No creo que haya alguien que se asuste si se cruza con Robert Pattinson pelando los colmillos en un callejón oscuro, pero a este maligno espectro francés no lo querrás en tus sueños.
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Hace unos años, después de que salió The VVitch y Hereditary, y Get
Out, el fandom de los sustos en el cine empezó a ver una curiosa
expresión, “horror elevado”, la forma que tenían los críticos y comentaristas en
las esquinas de internet para referirse a películas que tenían un libreto bien
formado y que hablaban de mucho más que del monstruo bajo la cama. “Esta es una
película inteligente,” exponían, “porque Get
Out es realmente sobre todo este asunto racial que al director se le da tan
bien.” Entonces The Invisible Man era
elevada porque se trata de misoginia y la vida que sufre una mujer con un
acosador, y Summer of 84’ era elevada
porque bajo ese texto de asesinatos en un vecindario bien está una historia
sobre la pérdida de la inocencia y el duelo que deja abandonar la niñez. Esto
siempre es con películas nuevas, porque la marca real de una persona que usa la
expresión “elevated horror” es su crasa ceguera sobre el género que está
comentando, dios los libre de ir al pasado y ver una película en blanco y
negro.
Porque, hermanazo, películas de terror con texto y subtexto y sendos
libretos existen desde que el cine es cine. Ahí tienes Repulsion, Les Diaboliques, Psycho y la
mamá de la película de terror social, Night of the Living Dead.
Este año salió otra de las “elevadas”, que desde ya te digo que es una de
las mejores pelis de terror de la década, un cover muy inteligente de una
canción de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino enfocado ahora no a la
explotación y la violencia, sino a cómo los terrores fantásticos son realmente
metáforas para los ineludibles monstruos de nuestro mundo real—y cómo a veces
lo único que necesitas para salvarte es el arte.
Nosotros lo vivimos cuando, en pandemia y encerrados, la gente se volvía
loca por un nuevo documental, una nueva canción, una peli, libro o juego de
video. Un par que está clarísimo sobre la comunión divina entre la vida y la
música son los gemelos Smoke y Stack Moore, unos muchachos de cuidado que
pelearon en la Gran Guerra y sirvieron después en el ilícito ejército de Capone
y Giancana, moviendo licor por Chicago y ajustándole las tuercas a quien se
sale del carril.
Pero el año es 1932 y estos chicos, que han acumulado unos centavos,
quieren dejar todo eso atrás y montar un negocito bien chévere donde la gente
pueda ir a tomarse su traguito, bailar y disfrutar de la mejor música del
momento—y quizá de hoy—, el blues. Problema número uno: Los hermanos Moore son
negros. Problema número dos: están en Mississippi.
Contexto porque hay quien no lo sabe, sobre todo entre nosotros latinos que
crecimos sin esa tara cultural del racismo: Los Estados Unidos, a diferencia
del resto de las Américas, tuvo que esperar a la segunda mitad del siglo XIX
para liberar a sus esclavos y esto sólo fue después de una sangrienta guerra
que destruyó a la mitad del país. Los antiguos esclavos pasaron de trabajar sin
piedad en los campos a una libertad a veces emulada porque sí, tenían independencia,
pero no tenían plata ni casa, ni bienes ni aceptación de la mayoría de la
sociedad blanca. Muchos terminaron volviendo a las fincas de sus antiguos amos
para seguir trabajando en condiciones marginalmente mejores a las que tenían.
Esta situación perduró hasta los
años 1970’ en el sur de los Estados Unidos, que fue cuando se derogaron las
últimas leyes de segregación racial. No me creas a mí, sólo ponle la oreja a
los grandes bardos de nuestra era, todos ellos negros y comediantes gringos:
Dave Chappelle, Eddie Murphy, Richard Pryor, Chris Rock, Bernie Mac… esa es una
sociedad donde, si tú eras negro y estabas en el lugar equivocado, ver mal a
una mujer blanca podía ocasionar tu linchamiento, como le pasó a Emmett Till,
justamente en Mississippi. Y si tú crees que esas taras ya están superadas, a
Rodney King le metieron una pela en 1991 (y en Los Angeles, fuera del sur) y la
discusión sigue prendida tras el asesinato de Trayvon Martin y Eric Garner,
entre tantos otros.
Esto es algo que una persona que no haya caminado en los Estados Unidos y
visto la segregación que existe hoy no
lo va a entender. Es una vaina que en Latinoamérica no tenemos, acá nuestro
pecado original es el clasismo, pero tú no vas a ir caminando de un sector de
la ciudad a otro y resulta que ahora todo el mundo a tu alrededor es negro y
los blancos no pasan por aquí. Es una cosa tan bizarra que genera muchísimo
shock cultural cuando te das cuenta de que cruzaste una frontera invisible.
Es por eso que cuando los hermanos Moore están cuadrando su parranda, se
sobreentiende que esta es una fiesta segregada. El bar es de negros, con
músicos negros, para un público negro que todavía vive en la pobreza y en los
márgenes del pueblo, con menos oportunidades que sus pares blancos y dándole
duro a esos campos como si aquí no cambió nada. Uno de esos músicos es primo de
los Moore, el wunderkind del blues Sammie
“Preacher Boy” Moore; mi hermano querido, los terrores afuera de este bar son
tantos que sobran, pero a lo que Sammie empieza con esa guitarra y el buen Slim
lo acompaña en el piano, el terror ya no importa. Entre la música, estamos
salvados.
Y tanta es la vida que irradian en el nuevo bar que un personajito siniestro
y vomitado por la noche, el irlandés Remmick, se ve atraído por el jolgorio. Su
encuentro con los Moore será un duelo sangriento, filosófico y hasta musical.
Sinners es
una película de Ryan Coogler, el mismo de Pantera
Negra, Wakanda Forever y, muy importante, las películas de Creed, que es donde más brilla junto al
también protagonista de esta cinta—y uno de los mejores actores que Hollywood
tiene hoy—Michael B. Jordan, por acá en el rol doble de los gemelos. Ya hablé
de Rodríguez y Tarantino, y quien vaya por la mitad de esta peli podrá ver el
paralelismo con una inspiración confesa, la brillante From Dusk Till Dawn, pero donde la epopeya Tex-Mex apuntaba
a la explotación, al gore y la violencia, acá el foco está en lo estético y en el
contexto social e histórico.
Los hermanos Moore, y me quito el sombrero, pana, ante su actor, no son tan
diferentes on paper de los hermanos
Gecko, pero es como el efecto mariposa, los eventos y el entorno lo cambian
todo: Resulta muy curioso cómo empezando la peli, Slim cuenta cómo un talentoso
músico que él conocía termina linchado por atreverse a tener un sueño rodeado
de imbéciles racistas, y tú sabes que ambos hermanos se ven reflejados en ese
cuento, ellos quieren creer (y nosotros con ellos) que el sueño es posible. Los
sueños de los Gecko, en contraste, eran rial y las piernazas de Salma
Hayek—sueños validísimos, hay que decir.
Entonces Sinners no está “elevada”
sólo por su libreto, como diría el crítico típico de internet, sino que toda la
puesta en escena y la dirección de arte existe para arrastrarte a este poema de
sangre donde dar el paso equivocado con la sociedad mainstream tiene graves
consecuencias. Pilla esto:
Este es el antedicho Remmick (papelazo de Jack O'Connell, que ya destacaba
en This is England), que quiere
entrar al bar con sus dos compinches. Musicalmente, la escena la saca del
estadio y yo quiero ver el trascámaras para ver si esa gente realmente armoniza
así. Pero, aparte de que esta es una escena que te trae a esa era de Hollywood
donde el cine era realmente de espectáculo y canción, fíjate bien qué es lo que
hay debajo. Gente en el grupo de los gemelos está viendo clarito que esto no es
tres blanquitos equis que vienen a cantar, aquí hay algo siniestro y depredador;
la amenaza está en la iluminación de la escena y en el lenguaje corporal de los
histriones, porque la cancioncita es chévere, está ahí para distraerte como
distrae incluso a uno de los hermanos, pero esa sonrisa que tiene Remmick y
esos hombros agachados con los ojos saltones del pana a la derecha no es la
actitud de un amigo.
Conforme vamos viendo la peli, comprobamos la naturaleza oscura de estos
visitantes, que no quiero arruinar del todo por acá, pero es que lo que
nuestros héroes temen es algo muy real, fíjate que la primera pregunta que
lanzan es “¿Ustedes son del Klan?”
(Y es un detallazo, porque los irlandeses eran marginales
en el Reino Unido también).
Hay una teoría sobre el cine de terror que reza que
debajo de toda gran película de miedo hay realmente un drama ante el cual los
personajes reaccionan. Ya, The Exorcist es la historia de una niña poseída pero también es el drama de una
mujer cuya hija está enferma, los doctores no saben qué es (sólo esto es
aterrador de por sí) y la única salvación está en un cura con crisis de fe. Sinners conecta contigo porque no hay
que hacer mucha imaginación para entender a qué se refiere la historia, con un
drama que mucha gente vive en todo el mundo.
En fin, anda a ver Sinners. Te espera un soundtrack que vas a ir a escuchar a lo que rueden los créditos (pendiente, que hay una secuencia después de los créditos iniciales) y unas escenas sobre las que seguiremos hablando dentro de 10 años. Una sensacional historia sobre la verdad de ser marginado y cómo las pequeñas victorias son amaneceres que rescatan de tan oscuras noches que nos tocan…
Te reto a que expliques con lógica a Puppet Master.
Ese es un reto que ni los productores de esas películas
pueden cumplir, pero acá haré el esfuerzo metiéndome en el subsuelo, en la
cloaca, en las alcantarillas del cine que es donde toca hacer vida. Porque te
quiero.
Puppet
Master, hecha directo-a-video
y que nosotros en Venezuela disfrutamos gracias al mal gusto o la necesidad de
alguien en RCTV, es una franquicia que consta, mi hermano en Cristo, de quince
películas a la fecha de redacción, quince,
eso es un uno con un cinco, donde la mejor del montón (o la peor, depending
on how you’re wired inside) se llama The
Littlest Reich, la peli donde las marionetas son herederas del imperio nazi
y van por ahí cometiendo crímenes de odio.
Pero para hablar del choque con muelto que es Puppet Master como franquicia, hay
primero que hablar de Dolls, pero no
puedes hablar de Dolls sin primero
tocar Ghoulies, es decir que hay que
hablar de Gremlins.
Y de un man cuyo nombre no le va a sonar a nadie y sin
embargo es una de las personas claves en la configuración del cine barato por
algo así como dos décadas: Charles Band, auto-reconocido buhonero del cine.
Cuando a Band se le ocurre la idea para Puppet Master, él ya tenía años de años
haciendo cine insultante y barato, pero muy creativo, y aún hoy presume de haber
vendido una película de Linda Blair donde la famosa actriz apenas sale—Savage Island, de 1985. Por esa
película, que Band y Ted Nicolau hicieron con recortes de otras dos películas,
Linda Blair se ganó el Golden Raspberry a peor actriz, distinción que comparte
con la ganadora del Oscar Halle Berry, también ganando $50 mil por una sola
noche de rodaje y Savage Island terminó
haciendo un 400% sobre la inversión en el mercado de video para Charles Band y
su empresa de ese momento, Empire Pictures. So you tell me who’s the fool here.
But
I digress; Mientras Steven Spielberg, Chris Columbus y Joe Dante calentaban
motores para Gremlins, una peli de
monstruitos que se apoderan de un pueblito en navidad, Charles Band tenía por
su lado una idea para un afiche de un monstruito grotesco que sale de un
retrete con un tagline irresistible: “Ghoulies:
THEY’LL EAT YOUR ASS.”
Ambas
películas son bastante diferentes entre sí, la verdad, pero aunque Ghoulies entró a producción primero, se
quedó sin plata a mitad de camino, permitiéndole a Dante ganar con Gremlins la carrera al estreno.
Los gremlins como concepto y artilugio narrativo no dan
para mucho más que esa película (el propio Dante lo sabía cuando hizo la secuela,
y se nota), pero Gremlins demostró
que había negocio para películas de bichitos feos y de ahí vienen Critters, Troll, Hobgoblins, una vaina
que la conocerán en su casa que se llama Munchies
y vaya usted a saber qué cantidad de títulos hechos todos con un cupón de
mercado y una caje’ cigarros. Muchas de esas películas tienen sus méritos—Critters es una de esas raras sagas
donde la segunda película es mejor que la primera—y aunque la mayoría es
totalmente olvidable, todas hicieron plata para sus creadores porque salieron
directo-a-video.
¿Y sabes qué película sí salió en el cine y resultó un éxito
en taquilla?
Ghoulies.
A diferencia de las pelis de los grandes estudios con las
grandes estrellas, una direct-to-video está hecha desde el inicio bajo la
premisa de que esto será de bajo presupuesto, con actores desconocidos,
explotando algún elemento de la trama como el sexo, o los carros, o la acción,
o el horror, y la idea es que tú inventes un arte para la portada que se vea
interesante en los anaqueles de la tienda de video, para que la gente rente la
película bajo la impresión de que hay algo qué rescatar ahí. Esto es
Roger-Cormaniano de librito. Para el momento en que la gente se da cuenta de
que rentaron fucking Hobgoblins 2, ya
es tarde, ya pagaron, ya ahí te toca tu platica y como la inversión fue tan
baja, vas a tener ganancias. Es el mismo modelo de negocios del drive-in de los
años 50’, el grindhouses de los 60’ y 70’, y el “directo-a-streaming” de hoy en
día.
Puppet
Master trae en el ADN lo que
Band empezó con Ghoulies y que
continuó con Dolls, de 1986, una
cinta con la misma premisa exacta del tema del día. Puppet Master, de 1989, tendrá poco qué ver con su secuela, que
tendrá casi nada qué ver con la tercera, la película donde las marionetas son
buenas y su artífice, el marionetero André Toulon, las usa para pelear contra
nazis en la Francia invadida. Puppet
Master III: Toulon’s Revenge está muy bien ya fuera de joda y fue rodada
casi que en tres semanas(!!!) en el backlot studio de la Universal, que esta
gente logró alquilar—o sea que hay una película de Puppet Master que tiene los mismos escenarios de aquellos
clasicazos, así que no se puede decir que esta gente no tiene inventiva,
creatividad y capacidad de resolver. Esa peli, por cierto, fue dirigida por un man
llamado David DeCoteau, que es un carajo que siempre se las ingenia para meter
una vaina homoerótica en sus trabajos, generalmente en la forma de un chamo
bien formado que va por ahí en interiores. David DeCoteau está ahorita haciendo
películas malísimas con Vivica A. Fox.
Vivica A. Fox, dog, she was in fucking Kill Bill. She’s
working with David DeCoteau now.
Puppet Master, la
primera, es un refinamiento de Dolls porque
el diseño de los muñecos es un éxito innegable, a tal punto que eso es todo lo
que la película ofrece. La trama más o menos: El titiritero André Toulon es
capaz de darle vida a objetos inanimados, así que los nazis le montan cacería
para robarse el secreto. No en Francia, sino en California. Justo cuando los
nazis dan con el hombre, Toulon se vuela los sesos y 50 años después, hay una
convención de psíquicos en el mismo hotel donde Toulon se mató y en medio de
todo eso están los títeres malignos echándoles cuchillo para revivir a un bicho
ahí.
Ese atisbo de trama da para una y solo una película con un metraje que puedes estirar con muertes estúpidas, erotismo, mucho rodaje reciclado (hay una secuencia onírica que se repite al menos una vez) y secuencias de titirestismo real, que en verdad sí está muy bien logrado. Los títeres, a saber, son:
· Blade:
El más famoso y el rostro de la franquicia, es el que parece un oficial de la
Gestapo con cara de Klaus Kinski. Porta un cuchillo por mano y un garfio por
otra. Las cuelas expanden su origen, pero no lo pienses mucho porque no tendrá
sentido. Lo de Kinski es a propósito.
· Pinhead: No confundir con el sacerdote infernal de Clive Barker. Un nombre más apropiado para este sería “El Manotas”, es el que es todo fortachón pero tiene manos tamaño real. Es entretenido ver cómo la producción se las ingenia para unir al títere y lo que es claramente las manos de un técnico (una actriz enana).
· Tunneler: Es
el que parece un oficial alemán con ojos negros y un taladro en la cabeza que
da para interesantes secuencias gore. Una de las secuencias le pondrá el más
creativo nombre de “Drill Sergeant.”
· Leech Woman:
La realmente grotesca y creepy del grupo, es la muñeca que vomita sanguijuelas
que se comen a la gente, supongo. La secuencia de esta marioneta es la que
recuerdas si viste esa primera película.
· Jester:
Un arlequín que no hace nada, pero que tiene un ingenioso método para cambiar
caras. Visualmente interesante, no como para diez películas, pero sí para
llenar espacio en la película.
Todas esas marionetas
tienen su historia y se supone que contienen las almas de amigos y enemigos de
Toulon, pero no lo pienses mucho ni trates de sacarle mucha lógica porque, y
este es realmente el beta de Puppet
Master, estas son películas que se hicieron en una era previa al concepto
moderno de “franquicia”; Con cada secuela que produjo Band, entró un equipo de
producción nuevo que hacía de la trama lo que le daba la gana, así que el lore
realmente es lo que tú quieras. Ve:
En Puppet Master II, André Toulon revive como un cadáver supurante que
se disfraza de El Hombre Invisible e invita a otros psíquicos a otra convención
para tratar de seducir a una de ellas, que es la reencarnación, creo, de un
amor perdido. Esta película es mejor que la anterior desde la calidad de la
fotografía a los efectos, diseño de producción y creatividad—la secuencia final
es tenebrosa de verdad con esos rostros plásticos raros. Una peli competente,
no una vaina milagrosa, pero sí la mejor aplicación del concepto original con
una estructura de slasher y excelente efectos de stop-motion. Al team de
marionetas se suma:
·
Torch:
Este
también parece un soldado nazi y hace las veces de lanzallamas.
Puedes ignorar la primera
y empezar en esta.
O en la tercera, haz lo
que tú quieras, aquí se vino a joder y demenciar, ahora Toulon es bueno y los
títeres luchan contra el tercer Reich, mano. Si tú viste esta película cuando
salió en la tele en los años 90’, la película es arrechísima y el diseño de
producción, para el presupuesto marginal que tenía esta gente, is nothing short
of sensational, David DeCoteau merece todos los elogios porque además y por
primera vez en la serie, aquí hay un libreto real, una historia. PM II termina con una promesa bien
interesante, títeres humanos que van a un manicomio a picar gente, pero
olvídalo, ahora esto es fantasía histórica. El libreto tiene ciertas
similitudes con otra película de la factoría de Band, el espectacular y gotesco
clasicazo Re-Animator.
Mira, la elección te la
dejo a ti, ¿te gustan más los títeres asesinos? Puedes ver Puppet Master II y Littlest
Reich. ¿Prefieres títeres fantásticos matando nazis? Arranca con la tercera
y, uh, varias otras secuelas, son como dos conceptos aplicados a los mismos
personajes con una continuidad prácticamente inexistente. Puppet Master III: Toulon’s Revenge es también la peli donde las
marionetas se empiezan a mercadear con todo y comercial orientado a chamos,
derivado de una peli cargada de terror, tripas y tetas, las tres Ts de la
victoria.
Al equipo asesino se une:
·
Six-Shooter:
El
vaquero. Los efectos de cómo se mueve este personaje en la época era increíble
porque no teníamos alta definición, ahorita tú ves varias secuencias de esta
peli y se ven clarito los hilos. Nadie haciendo estas películas para VHS en
1991 pensó que estaríamos hablando de ellas en el 2025. Lo que sí se conserva
perfecto son los efectos de stop motion.
Puppet Master III is legit fine. Para un nerd como yo, it
ticks all the boxes y además cierra con la promesa de que vamos ahora a
aventuras anti-fascistas por Europaaaaa…
…Puppet Master IV ignora todo lo anterior y ahora, mi hermano, las marionetas son parte de una maldición
egipcia promovida por un malo de los Power Rangers y hay marionetas malas. No
sé qué decirte, supongo que un buen director con buena visión puede sacarle
mucho jugo a un presupuesto infame, pero eso no es lo que tenemos aquí y
agárrate, porque no lo será por mucho tiempo, las secuelas van bajando la
calidad. Por regla general, tú puedes señalar al bajo presupuesto de una
película si toda la banda sonora se puede hacer con un solo sintetizador
(píllate el soundtrack de Universal
Soldier), pero el director de esta peli es Jeff Burr, director de Masacre en Texas 3, de las mejorcitas
del montón. Inexplicable. PM 4 y 5
son para el olvido.
La 6 es las cavidades del
mamarrachismo. DeCoteau vuelve a las andadas pero sin libreto, plata y ni
siquiera rodaje, porque muchas secciones son recortadas de películas
anteriores. Hay una escena lamentable, que tiene a los personajes conversando
en una cena, y hablan de las marionetas y el prota hace como que las mira. La
peli, mano, corta a escenas de otras películas o a clips que se nota que la
marioneta no estaba realmente ahí. Patético.
Lo que sí hay es tipos en
interiores, ya te expliqué a David DeCoteau.
De aquí en adelante lógica
hay, pero la de la plata; Retro Puppet
Master, que sería la 7, es indigna de comentario; Puppet Master vs Demonic Toys tiene un título mucho más interesante
que la película en sí; Puppet Master:
Axis of Evil es un blip de vida porque al menos volvemos a la segunda guerra
mundial, pero hasta ahí, esto es un somnífero total.
Y mira, hermano, yo he
tratado de verlas todas e incluso con mi gusto en bazofia, la vasta mayoría de
entregas aquí son infumables. Charles Band lo ha dicho: Hubo momentos en que su
productora del momento (ha sido varias) tenía problemas graves de caja, así que
cedió el nombre y los derechos de Puppet
Master que si al SyFy Channel, los resultados son lo que te imaginas.
Así que como todo el mundo
lo ha hecho, HERE’S MY PITCH FOR A PUPPET MASTER MOVIE:
Un grupo neonazi se
apodera de un bar de strippers al margen de una carretera texana. Los skinheads
de turno vienen a cobrarle a Honcho, el dueño del local (interpretado por Joe
Spinell), que tiene años vendiendo anfetamina por ellos y lavándoles la plata.
Honcho no tiene la plata, así que Lil’ Adolf (Brent Werzner) le da una paliza y
la tropa decide apoderarse del bar y todo el money que produzca, hasta que la
deuda esté saldada—¡con intereses!
Pero mientras atormentan a
los clientes y a las chicas del local, no saben que una de las bailarinas es
Andrea Toulon (Katharine Isabelle), quien ha huido toda la vida de un legado
que ahora podrá salvarle la vida...
They
are lovers…
They
are killers…
THEY
ARE MOTHERFUCKING PUPPETS!!!
And
if you think you’re goose-marching in our streets, THINK AGAIN, BITCH!!!
Puppet Master 69: The Passion of the Puppet
Primera parte de una
historia que terminará en las marionetas cabalgando lobos sanguinarios: Puppet Master 69, part II: 2-Pup, 2 Pet!!!
Ya la canté así que no me
roben la idea.