Últimamente
he estado pensando en ese mundo en el que crecí, porque si es cierto que “la
verdadera patria del hombre es su infancia” entonces, hermanazo, nosotros
tuvimos una metrópolis en la Venezuela de los 90’.
Tan
distinto a la realidad que debería escribirse en otra lengua; las comodidades
de internet pertenecían a la imaginación, un futuro especulativo de carros
voladores. Lo que sí teníamos era un robusto sistema mediático, la sagrada
trinidad de radio, prensa y televisión, donde había que buscar pero conseguías.
Años de revolución geek donde mucho de lo que estaba saliendo era X-tremo, radical e irreverente, precario pero muy nuestro. Yo alcancé consciencia de todo
alrededor de 1995 y recuerdo el año porque todo coincidió en una sopa cultural
que tenía, por un lado, a un PC gaming en ebullición. Sierra lanzó King’s Quest VII: The Princeless Bride,
ready para que tú lo instalaras junto a Final Doom, que era un CD con compilación de todo lo que había salido del
grandioso shooter de id Software (la fiebre de Doom estaba candelísima en esos
años). Todo ready para que lo jugaras en tu máquina de último modelo y en
Windows 95, bebé. Pa’ que sufran.
Teníamos
tele, también orientada a chamos. Yo llegaba del colegio alrededor de las dos
de la tarde y era corriendo a poner MTV porque a esa hora era Superrock—tengo
el recuerdo vívido de la primera vez que vi al video de Paradise City y de Lunchbox, vainas
de alto impacto para un chamo. Terminaba eso y arranca Zona MTV o uno de esos
largos bloques de la mejor fucking música con la que puedes crecer. ¿Qué hay un
programa fastidioso o algo que no te gusta? A un canal de distancia estaba la
propuesta local, Bravo (que después sería PumaTV), con alto menú. Te pasabas la
tarde dibujando, leyendo o escribiendo con ese fondo, compa. Era la gloria,
fuck las tareas.
Porque
si eras de los raritos que gustaban de leer—geek es geek aunque lo
fajen chiquito—las propuestas eran sendas, especialmente si eras angloparlante.
Primero que había prensa juvenil, vainas orientadas específicamente a chamos,
ninguna más representativa que Urbe bajo la distinguida dirección de Adriana Lozada.
El semanario salía todos los miércoles y la cita era obligada, material de
lectura como hasta el lunes aunque si esa edición estaba muy buena, era sólo un
par de días que te duraba. El lunes ya estarías releyendo.
Prensa
para geeks sí, pero importada. Existía un lugar extraño y maravilloso llamado
“librería” donde vendían una cosa que le decíamos “revistas”, impresas en “papel”
que tú comprabas con “bolívares” y leías con “dignidad”, y había de todo para
todos, generalmente importadas de España. Mi colección tenía las Kerrang! y Heavy Metal, las Dokan porque
había que estar enterado del mundo del manga, las PC Gamer y mi favorita, Game
Over, revistas que leí a tal punto que las responsabilizo hoy por mi
educación. Yo aprendí a redactar imitando todas esas cosas que leía.
Recuerdo
la primera vez que vi en una vitrina los sets de segunda edición de Dungeons & Dragons (la edición que
llevo en mi corazón), la primera vez
que agarré una novela de Magic the
Gathering, que ya existían en esa época y venían con cartas de regalo, la
primera vez que abrí un cómic de Magnus
Robot Fighter y de propuestas que en aquella época sonaban durísimo, Bloodshot, Hardware, Witchblade y el
cómic rey de los 90’, Spawn. No había
plata para tanto, así que comprabas uno o dos títulos y lo acompañabas con la Wizard Magazine de ese mes, que te traía
todos los chismes del nerdeo y qué se estaba publicando.
Pon
cuidado con lo que te estoy diciendo: Era unos años donde tú abrías el manual
que venía con StarCraft y era casi
incomprensible que una vaina tan brutal pudiera existir, un auténtico portal a
otro mundo.
Era
una Venezuela pre-desilusión.
Y
en esto último quiero detenerme porque, pues, una de cal y una de arena. Todas
esas revistas que acabo de mencionar, en el idioma que fuera, traían las obligatorias
“cartas de los lectores” donde veías de todo, desde gente que escribía a Starlog para explicar que Star Wars
nunca sería superior a Star Trek, hasta quien escribía en Kerrang que cuál era
el problema si Dani Filth quería creerse vampiro.
Eran
cartas que primero pasaban por un editor, o sea que para publicar, tenías que
saber escribir y, segundo, tenías que tener algo qué decir.
La
internet democratizó todo, para bien y para mal. Ya casi no consigues tiendas
donde vendan juegos de PC porque ya el formato físico prácticamente no existe,
cualquiera puede comprar cualquier cosa por Steam. Los canales musicales lucen
arcaicos comparado con la extensión y comodidad de YouTube. En aquellos años
estaba el chisme de OJ Simpson, hoy hay un escándalo farandulero semanal. No
existe la 92.9, pero hay podcasts que, algunos, hacen las veces—o sencillamente
te lanzas podcasts en el idioma que entiendas y ya estás expuesto a otras
voces, otros ámbitos.
Y
aunque la prensa cambió (y en Venezuela de cajón que no hay prensa libre),
cualquiera puede escribir en internet. La maravilla.
También
el terror. Cualquiera puede
escribir en internet.
Las
redes sociales, y Twitter específicamente, son como una sección de cartas sin
editor y sin requisitos, donde además existe un algoritmo diseñado no para
generar discurso constructivo o por lo menos combatir la desinformación; está
diseñado para generar engagement, clicks, para que tú pierdas el tiempo
doomscrolling, leyendo una teoría de conspiración detrás de otra que te
conviene creer porque si no eres un “normie”, un conformista. Un entorno donde responder
algo con vainas de conocimiento público o sencillamente pedir evidencia sobre
una afirmación loca (la base del pensamiento crítico) es visto con
desconfianza.
Que
sí, que YouTube tiene canales fabulosos destinados a lo que tú quieres ver. Y
también tiene canales, que no voy a propagar acá, de la gente más tóxica y
perniciosa de la actualidad, vomitando ácido y haciéndolo pasar por periodismo
(ante una audiencia que también carece de contexto e intuición para procesar lo
que está oyendo). Gente que se agarra de cualquier rumor para decirte que sí,
que todo está controlado por pedófilos satánicos y que la ausencia de evidencia
¡es evidencia!
That’s
a real thing I heard, by the by.
Es la principal razón de por qué
decidí que ya, fuck it, hermano, no tiene sentido seguir publicando (o siquiera
leyendo) en Twitter cuando se ha vuelto la plataforma de desinformación por
excelencia, la cámara de eco donde personajitos tipo Acquaviva y Leíto Oficial
pueden brillar así sea por el rechazo. Lanzas una crítica a un impresentable
como Trump y te sale un analfabeta funcional acusándote de chavista porque ¿qué
clase de gente puede alzarle la voz al Coloso de Occidente?
Todo eso engordándole la
cartera a Elon Musk, quizá la persona más coñaceable de todo el gobierno
americano, y mira que ese gabinete tiene a RFK y a fucking Donald Trump.
La
vida es demasiado corta como para amargarse con los brainfarts de Miguelito314.
Quien necesite información y noticias, hay medios confiables al alcance de un
click, es tu responsabilidad como lector el reconocerlos. Digo esto es sabiendo que dentro
de veinte años tendremos al blog holográfico de quien hoy es un chamín,
explicando cómo el 2025 fue el mejor año de la existencia humana, especialmente
idílico al compararse con los sufrimientos y vanidades del 2045. Hay viejitos
que hablan así de 1969—arguably an actual great year.
Y ojo, que yo he conocido a gente maravillosa en las redes y, mal que bien, las redes me sirvieron para visibilizar mis cosas—es bastante probable que hayas llegado a este post de alguna red donde publiqué el link. Yo incluso he tenido parejas que conocí por Twitter o Facebook, y fueron relaciones súper constructivas, así que no puedo pararme aquí a decir que todo es malo y que ahora sí es verdad que viene el acabose. Pero al final, pana mío, es un tema personal y de proteger tu paz y tu salud mental. Sencillamente no estoy en un lugar, un momento, en el que ese torrente de negatividad propio de las redes sociales le añada algo a mi vida.
El pasado fue bueno pero es bueno que fue y las
redes, al igual que la piratería y la inteligencia artificial, son demonios que
ya nadie podrá meter en la caja, una realidad ineludible.
But that doesn’t mean we have to be their bitch, ¿capichi?