jueves, 3 de abril de 2025

Sobre Patrias y Naufragios


 

Últimamente he estado pensando en ese mundo en el que crecí, porque si es cierto que “la verdadera patria del hombre es su infancia” entonces, hermanazo, nosotros tuvimos una metrópolis en la Venezuela de los 90’.

 

Tan distinto a la realidad que debería escribirse en otra lengua; las comodidades de internet pertenecían a la imaginación, un futuro especulativo de carros voladores. Lo que sí teníamos era un robusto sistema mediático, la sagrada trinidad de radio, prensa y televisión, donde había que buscar pero conseguías. Años de revolución geek donde mucho de lo que estaba saliendo era X-tremo, radical e irreverente, precario pero muy nuestro. Yo alcancé consciencia de todo alrededor de 1995 y recuerdo el año porque todo coincidió en una sopa cultural que tenía, por un lado, a un PC gaming en ebullición. Sierra lanzó King’s Quest VII: The Princeless Bride, ready para que tú lo instalaras junto a Final Doom, que era un CD con compilación de todo lo que había salido del grandioso shooter de id Software (la fiebre de Doom estaba candelísima en esos años). Todo ready para que lo jugaras en tu máquina de último modelo y en Windows 95, bebé. Pa’ que sufran.

 

Teníamos tele, también orientada a chamos. Yo llegaba del colegio alrededor de las dos de la tarde y era corriendo a poner MTV porque a esa hora era Superrock—tengo el recuerdo vívido de la primera vez que vi al video de Paradise City y de Lunchbox, vainas de alto impacto para un chamo. Terminaba eso y arranca Zona MTV o uno de esos largos bloques de la mejor fucking música con la que puedes crecer. ¿Qué hay un programa fastidioso o algo que no te gusta? A un canal de distancia estaba la propuesta local, Bravo (que después sería PumaTV), con alto menú. Te pasabas la tarde dibujando, leyendo o escribiendo con ese fondo, compa. Era la gloria, fuck las tareas.

 

Porque si eras de los raritos que gustaban de leer—geek es geek aunque lo fajen chiquito—las propuestas eran sendas, especialmente si eras angloparlante. Primero que había prensa juvenil, vainas orientadas específicamente a chamos, ninguna más representativa que Urbe bajo la distinguida dirección de Adriana Lozada. El semanario salía todos los miércoles y la cita era obligada, material de lectura como hasta el lunes aunque si esa edición estaba muy buena, era sólo un par de días que te duraba. El lunes ya estarías releyendo.

 

Prensa para geeks sí, pero importada. Existía un lugar extraño y maravilloso llamado “librería” donde vendían una cosa que le decíamos “revistas”, impresas en “papel” que tú comprabas con “bolívares” y leías con “dignidad”, y había de todo para todos, generalmente importadas de España. Mi colección tenía las Kerrang! y Heavy Metal, las Dokan porque había que estar enterado del mundo del manga, las PC Gamer y mi favorita, Game Over, revistas que leí a tal punto que las responsabilizo hoy por mi educación. Yo aprendí a redactar imitando todas esas cosas que leía.

 

Recuerdo la primera vez que vi en una vitrina los sets de segunda edición de Dungeons & Dragons (la edición que llevo en mi corazón), la primera vez que agarré una novela de Magic the Gathering, que ya existían en esa época y venían con cartas de regalo, la primera vez que abrí un cómic de Magnus Robot Fighter y de propuestas que en aquella época sonaban durísimo, Bloodshot, Hardware, Witchblade y el cómic rey de los 90’, Spawn. No había plata para tanto, así que comprabas uno o dos títulos y lo acompañabas con la Wizard Magazine de ese mes, que te traía todos los chismes del nerdeo y qué se estaba publicando.

 

Pon cuidado con lo que te estoy diciendo: Era unos años donde tú abrías el manual que venía con StarCraft y era casi incomprensible que una vaina tan brutal pudiera existir, un auténtico portal a otro mundo.

 

Era una Venezuela pre-desilusión.

 

Y en esto último quiero detenerme porque, pues, una de cal y una de arena. Todas esas revistas que acabo de mencionar, en el idioma que fuera, traían las obligatorias “cartas de los lectores” donde veías de todo, desde gente que escribía a Starlog para explicar que Star Wars nunca sería superior a Star Trek, hasta quien escribía en Kerrang que cuál era el problema si Dani Filth quería creerse vampiro.

 

Eran cartas que primero pasaban por un editor, o sea que para publicar, tenías que saber escribir y, segundo, tenías que tener algo qué decir.

 

La internet democratizó todo, para bien y para mal. Ya casi no consigues tiendas donde vendan juegos de PC porque ya el formato físico prácticamente no existe, cualquiera puede comprar cualquier cosa por Steam. Los canales musicales lucen arcaicos comparado con la extensión y comodidad de YouTube. En aquellos años estaba el chisme de OJ Simpson, hoy hay un escándalo farandulero semanal. No existe la 92.9, pero hay podcasts que, algunos, hacen las veces—o sencillamente te lanzas podcasts en el idioma que entiendas y ya estás expuesto a otras voces, otros ámbitos.

 

Y aunque la prensa cambió (y en Venezuela de cajón que no hay prensa libre), cualquiera puede escribir en internet. La maravilla.

 

También el terror. Cualquiera puede escribir en internet.

 

Las redes sociales, y Twitter específicamente, son como una sección de cartas sin editor y sin requisitos, donde además existe un algoritmo diseñado no para generar discurso constructivo o por lo menos combatir la desinformación; está diseñado para generar engagement, clicks, para que tú pierdas el tiempo doomscrolling, leyendo una teoría de conspiración detrás de otra que te conviene creer porque si no eres un “normie”, un conformista. Un entorno donde responder algo con vainas de conocimiento público o sencillamente pedir evidencia sobre una afirmación loca (la base del pensamiento crítico) es visto con desconfianza.

 

Que sí, que YouTube tiene canales fabulosos destinados a lo que tú quieres ver. Y también tiene canales, que no voy a propagar acá, de la gente más tóxica y perniciosa de la actualidad, vomitando ácido y haciéndolo pasar por periodismo (ante una audiencia que también carece de contexto e intuición para procesar lo que está oyendo). Gente que se agarra de cualquier rumor para decirte que sí, que todo está controlado por pedófilos satánicos y que la ausencia de evidencia ¡es evidencia!

 

That’s a real thing I heard, by the by.

 

Es la principal razón de por qué decidí que ya, fuck it, hermano, no tiene sentido seguir publicando (o siquiera leyendo) en Twitter cuando se ha vuelto la plataforma de desinformación por excelencia, la cámara de eco donde personajitos tipo Acquaviva y Leíto Oficial pueden brillar así sea por el rechazo. Lanzas una crítica a un impresentable como Trump y te sale un analfabeta funcional acusándote de chavista porque ¿qué clase de gente puede alzarle la voz al Coloso de Occidente?

 

Todo eso engordándole la cartera a Elon Musk, quizá la persona más coñaceable de todo el gobierno americano, y mira que ese gabinete tiene a RFK y a fucking Donald Trump.

 

La vida es demasiado corta como para amargarse con los brainfarts de Miguelito314. Quien necesite información y noticias, hay medios confiables al alcance de un click, es tu responsabilidad como lector el reconocerlos. Digo esto es sabiendo que dentro de veinte años tendremos al blog holográfico de quien hoy es un chamín, explicando cómo el 2025 fue el mejor año de la existencia humana, especialmente idílico al compararse con los sufrimientos y vanidades del 2045. Hay viejitos que hablan así de 1969—arguably an actual great year.

 

Y ojo, que yo he conocido a gente maravillosa en las redes y, mal que bien, las redes me sirvieron para visibilizar mis cosas—es bastante probable que hayas llegado a este post de alguna red donde publiqué el link. Yo incluso he tenido parejas que conocí por Twitter o Facebook, y fueron relaciones súper constructivas, así que no puedo pararme aquí a decir que todo es malo y que ahora sí es verdad que viene el acabose. Pero al final, pana mío, es un tema personal y de proteger tu paz y tu salud mental. Sencillamente no estoy en un lugar, un momento, en el que ese torrente de negatividad propio de las redes sociales le añada algo a mi vida.


El pasado fue bueno pero es bueno que fue y las redes, al igual que la piratería y la inteligencia artificial, son demonios que ya nadie podrá meter en la caja, una realidad ineludible.

 

But that doesn’t mean we have to be their bitch, ¿capichi?


domingo, 30 de marzo de 2025

Lights in the Sky

 


She’s mostly gone

Some other place

I’m getting by

In other ways

Everything they whispered in our ears

Is coming true

Try to justify the things I used to do:

Believe in you

domingo, 2 de febrero de 2025

Una de Samurái

En fin. Uno de mis temas en la vida es Japón, y específicamente su cultura, y más específicamente todo el tema histórico que va desde el período sengoku hasta el Meiji—léase, todo lo que involucra a los samurái.

 

No voy a hacer un post sobre eso, o por lo menos no todavía, pero si voy a aprovechar esta mañana de domingo para una recomendación de las cinco películas de samurái (en japonés las llaman jidaigeki) que, por una parte, están entre mis favoritas y, por otra, están buenas para entrarle a subgénero por si es algo que te atrae y ni idea de por dónde empezar.

 

Así que, de wan:

 

13 Assassins

十三人の刺客


 

 

Director: Takashi Miike

Año: 2010

Elenco: Koji Yakusho, Gorō Inagaki, Hiroki Matsukata, Yusuke Iseya, Takayuki Yamada.

 

Uno se lamenta que Miike que no haya hecho más pelis de espadas, porque entre esta, Hara-Kiri y Blade of the Inmortal, hermanazo, qué talento tiene este man para el cine de época.

 

Pero eso no sorprende a quien lo conozca. En esta ocasión asistimos a una misión suicida de tintes históricos, porque el gran señor Matsudaira Naritsugu está lo que llamamos los latinos “desacatao’”. El tipo es sádico como pocos, abusa de su poder, tortura gente y nadie lo puede frenar porque es familia del shogun, está protegido por la gente más poderosa del Japón.

 

¿Cómo se mata a un intocable?

 

Aparentemente con lecciones de Los Siete Samurái; esta peli fluye mucho como una versión moderna y muchísimo más sangrienta que ella épica elemental de Kurosawa. Son 13 los desgraciados que reciben el contrato para matar a Naritsugu (Goro Inagaki) durante un viaje y, liderados por Shinzaemon (Koji Yakusho) y Saheita (Hiroki Matsukata), pasan por todos esos pasos de reclutamiento, acoplamiento del equipo, viaje y batalla imposible que resultarán familiares para el que haya visto la antedicha—hay hasta un bandido desadaptado pero carismático en el grupo.

 

Pero esta es una peli con identidad propia que sale adelante gracias al carisma de su elenco, a su excelente ambiente y fotografía y que, pues, que este es Takashi Miike, papá. En manos de un director inferior, la peli se habría ido al garete, pero acá compenetras con el equipo (¡y de qué manera!), tendrás tus favoritos y cada muerte será lamentada. Koji Yakusho está excelente, como siempre, de protagónico y el Naritsugu de Inagaki es un villano que justifica la violencia y la atrocidad, de verdad que es un malo de esos que se quedan contigo después de que la peli terminó.

 

Dicen que hay pocas cosas más japonesas que una misión épica destinada al fracaso y no te diré si acá triunfan o no, porque vale la pena que lo veas por ti mismo. Si no vacilas viendo 13 Assassins, no te va a gustar el cine de samurái. Te sugiero películas de Hello-Kitty.

 

 

Ran

 

 

Director: Akira Kurosawa

Año: 1985

Elenco: Tatsuya Nakadai, Mieko Harada, Mansai Nomura, Akira Terao.

 

Ya que lo mencionamos, vamos a entrarle de una vez a Kurosawa en una de sus películas más bestias, una versión de El Rey Lear mezclado con la vida de Mori Motonari, uno de los daimio más famosos de las guerras samurái.

 

Ve esta premisa y dime si no llama: Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai) es un poderoso daimio (señor feudal) entrado en años que quiere heredar a sus hijos en vida, para evitar que estos se agarren a cuchillo para ver quién se queda con las tierras y las riquezas que él ha reunido. Todo va bien por un tiempo, pero cada hijo se va envenenando por diferentes motivos, poniéndose a creer que ellos merecen ya no sólo la supremacía sobre los demás hermanos, sino la propiedad completa del clan por encima de su propio padre.

 

Se desata una sangrienta guerra civil en el clan Ichimonji donde ni siquiera el que empuña la espada sabe quién realmente le manipula.

 

Mi pana, la gente que sabe dice que esta es la película que mejor retrata lo que aquellas guerras debieron ser y la verdad es que hay escenas dantescas bélicas dirigidas como sólo Kurosawa sabe, la vaina transcurre como una pesadilla. La tragedia la vemos principalmente por los ojos de Hidetora, interpretado por un Nakadai digno de Oscar (súper envejecido, muy buen maquillaje) y acompañado por su bufón Kyoami (Peter), que se roba cada escena en la que está. Pero a mí quién me sorprendió fue la Dama Kaede (Mieko Harada), que trae una voz femenina regularmente ignorada en este tipo de épicas y que te dice que una cosa es la leyenda de los samurái y sus batallas gloriosas y tal, y otra son las muy reales consecuencias de la guerra, donde la violencia crea enemigos que tú ni sospechas quiénes son y ni sabes por qué duermen a tu lado.

 

Una tragedia bien shakespereana y bien japonesa. Y hablando de sangrero y violencia…

 

Kubi

 

 

Director: Takeshi Kitano

Año: 2023

Elenco: Takeshi Kitano, Hidetoshi Nishijima, Tadanobu Asano, Ryo Kase.

 

El que sepa quién es Beat Takeshi, nombre popular de este director, ya sabe más o menos qué esperar y por qué los fans del período ansiamos el estreno en occidente de esta peli que no decepciona.

 

Kubi (que se traduce a “cuello”, pero yo mejor lo traduzco a “pescuezo”) es una historia bastante realista sobre la caída de Oda Nobunaga y el ascenso de Toyotomi Hideyoshi. Pa’ quien no sepa, esos dos fueron de los grandes unificadores del Japón, pero mientras Hideyoshi era un experto político y negociador, Oda era un bruto sanguinario, un demonio en la tierra a quien sus propios vasallos no se calan más, especialmente Akechi Mitsuhide (Hidetoshi Nishijima) y su alto pana Araki Murashige (Kenichi Endō). La película de hecho abre con la rebelión de Murashige, justificada, contra las atrocidades de Nobunaga y el resto de la historia es consecuencia de esos momentos, con un vasallaje que dice que, ajá, le deben lealtad al señor del clan (algunos, como Hideyoshi, le deben literalmente todo lo que son), pero ¿cuáles son los límites de esa lealtad?

 

Ojo y advertencia con esta película: De todas las que tenemos acá, esta puede ser la más cruda tanto en violencia como en sexualidad. No sé si lo sabes, pero en el Japón feudal las relaciones homosexuales no eran mal vistas y muchos de los grandes daimio tenían sus amantes masculinos con quienes se iban de campaña. En este caso, Nobunaga (Ryo Kase) tenía a Mori Ranmaru (Kanichiro) y la vaina se ve en todo su esplendor, si tus sensibilidades no soportan ese tipo de cosas, stay away from this movie.

 

Pero para el fan histórico, esta película es una joya. Sale Hattori Hanzo Masanari (Kenta Kiritani) entre otros shinobi retratados con un toque de fantasía, a Hideyoshi lo interpreta el propio Kitano muy, pero que muy bien, y Tadanobu Asano, de quien te enamoraste en Shogun, hace acá de uno de los principales tenientes de Hideyoshi (Kuroda Kanbei) en otro papelazo como este man siempre se lanza.

 

Aquí no hay que mirar pa’ los lados, si te interesa el Japón feudal retratado sin glamur y cómo realmente era (quizá), tienes que ver Kubi.

 

 

Sekigahara

関ヶ原

 

 

Director: Masato Harada

Año: 2017

Elenco: Kōji Yakusho, Junichi Okada, Kasumi Arimura, Takehiro Hira, Ayumi Ito.

 

Esta es muy buena para verla después de la anterior, porque echa el cuento de cómo, tras la muerte de viejo de Hideyoshi, sus leales se pelean por el trono, culminando en la fatídica batalla de Sekigahara, que determinaría el curso del país por 400 años.

 

Esta es la historia de una de las grandes rivalidades del período sengoku, aquella entre el noble y leal Ishida Mitsunari (Junichi Okada) y el bribón y complocero Tokugawa Ieyasu (Koji Yakusho otra vez, en el mejor rol de la película, y mi papel favorito suyo). Ya lo he dicho, que no hay una cosa que a los japoneses les guste más que un buen fracaso y esta cinta destaca porque, donde generalmente se ve a Mitsunari como un villano (de hecho es así como es retratado en Shogun, en el personaje de Ishido), acá funge de protagonista, como un tipo que, sí, aspiraba al poder pero también blandía razones más o menos nobles de honor y fidelidad que lo elevaban sobre sus coterráneos en aquella época de traición.

 

Esta peli tiene un problema, que es que si tú entras a verla sin contexto histórico (sin saber quién es quién y por qué esas enemistades tenían años infectándose), es probable que no entiendas por lo menos la mitad de lo que vas a ver. Pero para el iniciado, esto es una maravilla desde que arranca hasta la batalla final, ajustada a lo que realmente pasó.

 

Ficción histórica sabrosa, chamo, porque muchas lagunas históricas se llenan con personajes de los que se sabe poco o que directamente son ficticios, pero que enriquecen mucho la trama (ojo con las mujeres shinobi—ninja—de esta peli). Recomendada de todo corazón, pero eso sí, échate una leidita antes que la peli no explica su contexto.


 

Kagemusha

影武者

 

 

Director: Akira Kurosawa

Año: 1980

Elenco: Tatsuya Nakadai, Tsutomu Yamazaki, Hideo Murota.

 

Esta es otra cuyo concepto sencillamente me encanta, ve: Se sabe que el gran daimio Takeda Shingen usaba varios dobles para huirle a los asesinos. Bueno, Kagemusha establece que Shingen no murió cuando, históricamente, cayó herido de bala sino mucho antes porque uno de sus dobles (un “guerrero sombra”) asumió su papel para preservar la estabilidad del clan y de la sucesión. El problema está en que este doble, que es tan idéntico que Shingen especula que debe ser hermano suyo, es un vulgar campesino pata en el suelo sin la menor idea de cosas de estado o de la corte.

 

Queda en manos de los vasallos de Shingen el sostener la farsa ante los enemigos… pero también ante los amigos, porque al heredero Katsuyori (Kenichi Hagiwara) no le hace ninguna gracia que un recién vestido le quite lo que es suyo…

 

Esta película realmente pertenece a Tatsuya Nakadai, de quien ya hablamos en el segmento sobre Ran, y que acá hace tanto de Takeda Shingen como del impostor, y el contraste entre ambos hombres no podría ser mayor—cuesta creer que sean el mismo actor, de forma que el artificio de la película funciona con uno como audiencia.

 

Pero ojo, que así como he hecho advertencias con otras pelis, acá toca lo propio; Kagemusha tiene un “lenguaje” muy de cine japonés, mucho más que otras películas del mismo director antecesoras de esta. Con eso quiero decir que si estás acostumbrado al cine de Hollywood y nunca has visto una peli europea, no digamos japonesa, es probable que no entiendas esta peli (la primera vez que la vi, tendría yo 21 o 22 años y ni idea, la peli me pasó por encima). No pasa nada, que uno se acostumbra a esas formas de cine y eventualmente les agarras el hilo, pero eres tú el que se tiene que ajustar a la peli, Kagemusha no hace la tarea por ti.

 

Y si le pones, verás una historia sencillamente inolvidable y bien, pero re-bien japonesa, jajaja. Ya verás a qué me refiero.

 

 

UNA ÑAPA: Yojimbo

用心棒


 

 

Director: Akira Kurosawa

Año: 1961

Elenco: Toshiro Mifune, Tatsuya Nakadai, Eijirō Tōno.

 

No se puede hablar de este cine sin mencionar a la grandísima, otra más del sensei y ya puedes ver por qué la huella de Kurosawa es tan grande en el género, por no decir en todo el cine nipón. Diría Kurosawa que Toshiro Mifune no habría sido quien fue si no hubiese salido en sus películas… pero sus películas no habrían existido sin las actuaciones de Toshiro Mifune.

 

Y mira, ya en Los Siete Samurái se veía que el protagonista de esta peli era una estrella nata, pero el rol que hace aquí derrocha carisma y, en efecto, el pana lleva la película sobre sus espaldas en el rol del misterioso ronin Sanjuro, un tipo bien distinto a los demás samurái porque es maleducado, harapiento, desaliñado y lo que le preocupa es el dinero y su propio beneficio (o eso nos quiere hacer creer). Eso sí, nadie le gana con la espada y por eso es tan solicitado entre dos facciones en guerra de este pueblito al que ha llegado. Por un lado está Seibei (y su peligroso matón, Uno—de nuevo Nakadai partiendo la liga) y por otro espera Ushitora (y su esposa y verdadera dueña, Orin), y Sanjuro manipulará a ambas facciones, explotándolas en beneficio propio… mientras se pueda.

 

Chamo, Yojimbo es una película que merece su propio post. Acá ya hablamos de su prota y un poco de la trama, pero es que la fotografía también es espectacular, una peli en blanco y negro donde todos los elementos del escenario (atención con el clima y el uso del viento) representan algo. Quizá más conocida que esta es el remake italiano y vaquero Por un Puñado de Dólares, pero quien ha visto ambas sabe que la palabra “remake” no se ajusta bien al caso; es más bien dos versiones de la misma historia, pero con unos directores tan idiosincráticos que una sabe bastante diferente a la otra.

 

Si Yojimbo fuera birra, sería un elixir. Si fuera comida, sería el mapuei del mondongo. Si fuera música, sería el disco blanco de Los Beatles. Es una obra que, más allá de los trappings de su época, se deja colar (y entretiene) rato largo más que películas del año pasado. Si eres de los que no ve pelis en blanco y negro porque eso es un esfuerzo demasiado grande para tus atrofiadas dendritas, hermanazo, está difícil que alguien te salve. Pero si eres un comando del cine, un legendario del celuloide, un matatán del audiovisual, Yojimbo es una de las mejores películas en la historia, así, en general, de cualquier género.


domingo, 19 de enero de 2025

Acta, Non Verba


 

Hoy terminé el primer manuscrito de mi novela.

 

No es la primera novela que escribo (esta sería la cuarta), pero sí es la primera que cumple con todos los cánones de una obra comercial en su género—tiene extensión de novela, trama ubicable en el mercado y está escrita en inglés. Es un libro que parece libro, aunque como todo primer borrador, es desastroso; Los temas al inicio del libro y la personalidad de los protagonistas están más difusos que al final. La extensión es demasiado larga también. Un libro de ciencia ficción moderno, para un debutante, debería estar entre las cien mil y las ciento diez mil palabras, y la mía tiene ciento veinticuatro mil.

 

Pero todo esto está bien porque la labor del primer borrador es existir, sacarte la historia que llevas en el cerebro a un lugar donde exista en concreto y donde tú puedas corregirla.


O sea que no es que el libro está escrito y “Pa’ amazon!”

 

Este es el inicio de un proceso donde todo va a velocidad de caracol. El plan de batalla es, primero, dejar a ese borrador descansar y retomarlo dentro de mes y medio a dos meses, para empezar la corrección. Primero me gustaría añadir cosas al principio, de lo que tendré cosas qué cortar después, y borradores habrá todos los que sean necesarios para que sea un libro a la altura de cualquiera que compras en la librería.

 

Cuando el libro ya esté tal cual como yo quiero, será hora de mostrarlo a unos cuantos “beta readers”, a ver qué les parece y, tras evaluar esos comentarios me tocará pagarle a un editor para que le meta mano porque por muy editor que uno sea, nunca podrás corregir tu propia obra como lo hacen ojos ajenos.

 

Y cuando eso esté listo, será hora del querying, que es ponerlo en rotación en el mercado de agentes, a ver qué tal va.

 

Si un agente cree que hay vida, tratará de venderlo a alguna editorial, que podrá aceptarlo o no. Si lo aceptan, pues veremos.

 

Por mucho tiempo le he comentado a todo el que me escuche los beneficios del mercado independiente moderno, pero ahora, con borrador listo, me gustaría probar el método tradicional de publicación, al menos para decir que lo hice, y ver qué tal va. Es menester decir que lo normal es que tú le envíes tu manuscrito a cien agentes y lo rechacen 95. Algunos pedirán leer el resto (tú envías un sample con los primeros dos o tres capítulos) y ahí te pedirán representarte o no. Así que esto hay que hacerlo manteniendo las expectativas bajas, jaja.

 

Pero incluso si nadie lo agarra, me gustaría sacarlo así sea independiente (que es lo que todo el mundo conoce como “¡Móntalo en Amazon!”), aprovechándome de beneficios que no tendría en el mercado tradicional—contratar a un ilustrador calidarks para la portada, y me gustaría sacarlo tanto en inglés como en español, con ciertas cositas adicionales que permite tener el control creativo total de la obra.

 

Claro, si toca sacarlo independiente, el camino es otro…

 

Sé que todo esto suena muy aburrido a menos que seas un nerd total del proceso editorial, un laberinto que muchas veces ni el que es aficionado a la escritura conoce, o tiene interés de conocer. Lo que todo esto significa es que este es un maratón, no una carrera, y que el primer capítulo de ese maratón está listo.

 

Conforme el proceso avance ya les iré contando de qué va y detalles más específicos, pero es que ahorita tengo preocupaciones “técnicas” que considero más relevantes. La novela es narrada en primera persona y en tiempo presente, por cuatro personajes que provienen de distintos trasfondos, y ahorita es muy importante para mí que esos cuatro suenen distintos entre sí y que tú empieces un capítulo con uno y sepas quién es sin tener yo que señalar de quién es esa voz. Cosas que se pueden lograr, pero que ameritan trabajo.

 

Confieso que he convivido por tanto tiempo con esa trama y esos personajes que estoy más bien ansioso de empezar otro proyecto sobre otra cosa. Tengo tres temas en la mente ahorita, dos de los cuales me llaman como para volverse el siguiente libro. Si me sigues en instagram, sabes que uno de ellos es una novela histórica ambientada en el Japón feudal, que me llama bastantísimo la atención (that’s the first advice for you to write a novel: Be obsessed with the subject), al punto que esta mañana estaba leyendo en profundidad sobre los regimientos de ashigaru y cómo funcionaban. Las novelas históricas en la actualidad han tenido un resurgimiento, pero no me preocupa mucho que un agente la agarre o no, ahorita lo que me interesa es narrar, echar el cuento.

 

Escribir.

lunes, 12 de agosto de 2024

Agosto, 2024

 

Venezuela es otra. El 28J fue un cruce del Rubicón para todas las fuerzas que de alguna manera se mueven en la vida pública y los paradigmas bajo los que tradicionalmente nos manejábamos están ahora invertidos.

 

Con la elección, todos sabemos qué sucedió.

 

El rostro de “la oposición” es ahora otro. Cuando uno enuncia en este país una frase tan esclerótica ya como esa, lo que viene a la mente es un grupito de personajes mohosos que, ineptamente, dirigieron la política contraria al chavismo durante años. Estaban desarticulados cuando Hugo Chávez se entronizó, gracias a un desmérito que ellos mismos se crearon, y su propia incompetencia a la hora de hacer política y reconocer la naturaleza del rival los invalidó en los años siguientes. Henry Ramos Allup y Julio Borges, por mencionar un par de notorios, se condujeron todo este tiempo bajo la ficción de que se oponían a Jaime Lusinchi y que si existía una ley, una Constitución, el rival iba a respetarla. Porque lo contrario era inconcebible.

 

Esa “oposición” ha fenecido, y si estás fuera de Venezuela es bueno que lo comprendas. Las elecciones primarias que se celebraron en octubre del año pasado demostraron que esos grupitos no tienen ni hálito ni calle y son más bien estructuras asociadas tanto al fracaso que ya se ve como colaboracionismo.

 

Así que cuando hablamos de “oposición” al gobierno que existe hoy en el país, no debe entenderse esa gente sino los rostros y liderazgos que orgánicamente se mostraron el lunes 29 de Julio que son, a fin de cuentas, los que se sudaron la camiseta para impulsar y alcanzar el evento que se dio. Y con eso incluyo a un gentío de sectores populares, que tradicionalmente apoyaron al chavismo, y que esta vez no sólo votaron en contra sino que salieron a la calle a pedir que su decisión se respete. Celebro de todo corazón que volvamos a ser la misma gente, remando todos en la misma dirección. Ya eso se parece al país que queremos.

 

Y ahí vemos el otro rostro que cambió, porque el chavismo tampoco es el mismo. El 28 de Julio teníamos a un gobierno autoritario, hoy tenemos a un Estado policial. Se llevan a la gente de sus casas, sin orden legal, sin procedimientos. Te anulan el pasaporte. Se suspenden las garantías Constitucionales sin que nadie lo anuncie. Anoche, a fecha de redacción, una chama que conoce medio mundo y que la conocemos por buena vaina—y por una fiera defensa de sus ideales libertarios—María Oropeza, fue sacada de su hogar por funcionarios que primero derribaron su puerta. María grabó todo en un live de instagram, siete mil observadores. Nadie sabe dónde está.

 

Edni López, una amiga querida, tuvo más de 48 horas desaparecida. Nadie sabe ni siquiera el por qué.

 

Miren, mis amigos queridos. Todo lo que está pasando en Venezuela, que nos afecta a los que estamos adentro y a ustedes que están afuera, porque no conozco a algún emigrado que no haya tenido el corazón en la mano todos estos días, es la imposición de una mentira. El gobierno que tenemos dice que lo que pasó no es lo que pasó (y que ni siquiera puedo poner en palabras, por el riesgo que eso me acarrea) sino lo que ellos dicen. Hay gente, gente triste, que no espera una para agarrar un hilo narrativo gobiernero y asumirlo real (los Luis Vicente León, Antonio Ecarri y Gloria Pinho de este mundo), pero todo esfuerzo sincero de quien sea por filtrar un poquito de verdad por ese tamiz es percibido como una amenaza a la seguridad del Estado y te caen encima con todo. La verdad es así de peligrosa.

 

Uno se pregunta, ¿cómo hago yo ahora para seguir con mis cosas? Yo tenía hobbies, aficiones, estaba escribiendo un libro. ¿Cómo me siento yo ahora a seguir mi historia de criminales en el espacio, sabiendo que a metros de mí hay tanto sufrimiento? Preguntándome, mira, ¿cómo tú vas a sacar ese texto de aquí? Si te toca viajar al exterior, ¿vas a poder? ¿Qué vas a tener que hacer para poder viajar, aunque tengas pasaporte europeo? Estamos diciendo que, por la voluntad de un puñado de personas en una oficina, se afecta la vida de 30 millones porque seguro hay alguien en los Estados Unidos, o en Argentina, leyendo esto y preguntándose “Oye, ¿será que yo podré entrar al país? ¿Y si entro, podré salir?”

 

No tengo esas respuestas, creo que nadie las tiene. El final de esta historia no está cantado y aquí puede pasar de todo. Tengo tiempo diciéndole a mi gente más cercana que ahorita la misión es permanecer saludables en cuerpo y mente, y en libertad, pero esa angustia y el sentimiento de opresión, que es algo que no sabías que podía existir hasta que te pasa, es todopoderoso.

 

Yo, por ejemplo, me siento culpable publicando en este blog algo de Juego de Tronos. Por ejemplo. Me siento culpable abriendo el archivo de mi novela y redactando como lo hacía hace dos semanas. Me siento culpable saliendo a la calle para algo que no esté relacionado con supervivencia. ¿Cómo carajo soy capaz yo de salir a hacer tal vaina cuando hay tanta gente metida en un calabozo y sin que a eso se le halle solución?

Me perturba muchísimo que haya gente que se preste para este horror que estamos viviendo. No me refiero sólo a la gente que encarcela y enjuicia, o a quien es capaz de denunciar a sus vecinos, sino gente que observa esto desde la pantalla de un celular, sonríe y calla, o dice “pero es que el que se alza se busca lo que le pase”. Esa es gente que nosotros sabíamos que existía, siempre han estado ahí, pero yo conozco gente que yo los daba como casos perdidos, ideologizados completamente, y desde hace un par de semanas están desafiantes y en contra de lo que está pasando. Pero no, no es todo el mundo, y es muy rudo ver cómo ese supuesto manto de indiferencia lo que esconde es maldad. El gusto de imponerse y preservar alguna parcelita de bienestar, sobre el sufrimiento de tantos.

 

Y sí, yo sé que cuando la pulsión de Tánatos es muy grande, eso sólo se puede combatir con pulsión de vida—escribiendo, viviendo, imponiéndote. Eso es algo que tengo que interiorizar. Si no nos permiten decir la verdad, lo que toca es volvernos nosotros la verdad.

 

Los lectores de este blog son gente muy chévere que sabe cómo son las cosas y dudo que haya alguien preguntándose cómo quedan nuestras charlas (o soliloquios) sobre La Casa del Dragón. Pero yo siento que tengo una deuda con ustedes. No he visto los últimos dos capítulos, no he tenido cabeza para eso. Por supuesto que los veré y haré el análisis en algún momento. Yo, al igual que todos ustedes, estoy reubicándome por dentro.

 

Cuídense mucho.